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EXPERIENCIA DE LO VIVIDO EN EL AEROPUERTO DEL PRAT
Hoy me asomo a nuestra página para contaros algo que quizás
todos los viajeros ya sabéis: que el avión es un medio
de transporte seguro... mientras se está en el aire.

Mi marido y yo esta vez aparcamos la moto y lo elegimos para una
parte de nuestras vacaciones veraniegas en la inigualable Venecia.
Unos días maravillosos que a punto de concluirse nos llenaron
de inquietud con las noticias que nos llegaban de los incidentes
por la huelga de El Prat. Llegamos al aeropuerto veneciano con nuestras
maletas y una sola pregunta al mostrador de Iberia: ¿llegaremos
a tiempo de enlazar con el vuelo a Asturias previsto para sólo
una hora más tarde de nuestra llegada a Barcelona? Cuando
llevábamos más de dos horas en una cola que no se
movía ni por asomo, la pregunta se convirtió en: ¿qué
va a ocurrir cuando hayamos perdido el enlace? Una sobrecargada
señorita veneciana nos tranquilizó sin despeinarse:
"No se preocupen. Iberia les facilitará un hotel para
pasar la noche y mañana saldrán en el primer vuelo".
Seguí leyendo a mi admirado Paul Auster con una confiada
sonrisa hasta que por fin embarcamos rumbo al desastre.

Sobrevolamos el aeropuerto de Barcelona sin que se atisbase ya
ningún signo del conflicto. Pero la impresión duró
pocos minutos. Nada más entrar en la zona de equipajes, comprendimos
cuán equivocados estábamos: en la zona de recogida
se amontonaban miles y miles de maletas (60.000 dijeron los periódicos
y no se equivocaban mucho), bultos, bolsas, en medio de un caos
que intenté capturar enseguida con mi cámara y que
lamentablemente recogió también mi nerviosismo, mi
sorpresa y mi indignación, moviendo casi todas las imágenes
y constatando así que en mi currículum no se encuentra
la corresponsalía de guerras.

Una familia extranjera se quedó paralizada ante aquel espectáculo
y sólo atinaban a decir: " Nosotros primera vez España...
¿Barcelona ésto? ¿España ésto?
". Sentí tanta vergüenza que os juro estuve a punto
de aprovecharme de mi físico y hacerme la sueca. Pero opté
por disculpar aquello como pude, que era malamente. Mientras esperábamos
nuestras maletas que milagrosamente aparecieron porque ya funcionaban
las cintas de recogida, vimos a una señora mejicana llorando
como una magdalena mientras trataba de encontrar su equipaje en
aquel maremágnum porque había perdido todo lo que
tenía.

Cuando salimos de la zona de recogida había un grupo de
guardias civiles que a la pregunta que les hizo un señor
de dónde podía reclamar su equipaje desaparecido le
contestaron con risitas "en la cola más larga que vea".
Y además de esa falta de respeto, no se molestaban en comprobar
que las maletas que sacábamos correspondiesen a nuestra tarjeta
de embarque: pudimos haber incrementado sustancialmente nuestras
pertenencias sin el más mínimo control. No había
vigilancia ni en las entradas del aeropuerto ni en equipajes...los
cacos de la ciudad debieron hacer el agosto, y eso que era julio.

Cuando subimos de aquel caos, entramos en otro infinitamente peor.
Miles y miles de personas cargando con sus pertenencias, vagabundeando
de cola en cola, entre montones de basuras y desperdicios, preguntando
como podían al resto de pasajeros porque allí nadie
informaba de nada. El poco personal que atendía las ventanillas
estaba desbordado y en cuanto surgía una bronca perdían
los nervios y algunos simplemente bajaban la persiana y se iban,
o avisaban a la policía que, en vez de cargar contra los
trabajadores del aeropuerto que pusieron en peligro un montón
de vuelos el día anterior, se enfrentaban y amenazaban ahora
a los sufridos viajeros que allí estábamos dejados
a nuestra suerte. Incomprensible.

Nosotros, al igual que tanta gente, esperamos varias colas durante
horas para llegar a saber, casi a las dos de la madrugada, que lo
único que nos podían ofrecer hasta el día siguiente
era alojarnos en el párking (sí, habéis leído
bien) de un hotel de la ciudad, pues ya habían ocupado ampliamente
las plazas disponibles e incluso el espacio del vestíbulo
donde habían seguido acogiendo viajeros. Y no había
ni una sola plaza hotelera libre en toda la ciudad, como nos dijeron
los taxistas del aeropuerto. ¿Qué podíamos
hacer ya? Y sobre todo, ¿qué les tocaba hacer a las
autoridades del aeropuerto, de la Delegación del Gobierno,
del Ayuntamiento de Barcelona, en un caso de catástrofe así,
con dos mil pasajeros retenidos contra su voluntad (una periodista
habló esos días de "secuestro", y yo también
lo había calificado así) en condiciones de absoluta
indignidad como las que allí se dieron? Vimos familias enteras
con los niños durmiendo en el suelo, tiritando por el aire
acondicionado, mientras sus padres rellenaban mil y un formularios
con un cansancio y un agobio infinitos. Nos hizo gracia la ironía
(si en esa situación algo puede hacértela) de un grupo
de niños japoneses vestidos con camisetas del Barça
que, después de estar un rato jugando mientras el único
chico que estaba al cargo de ellos miraba papeles y papeles con
cara de desconcierto y agobio, acabaron durmiendo agotados en el
frío suelo. Algunos de los que estábamos en la cola
(ya amigos en la adversidad) nos indignamos y conseguimos que les
dejaran subir a la zona de embarque donde al menos tendrían
sillas para echarse. Una vez le ayudamos con todo el papeleo y ya
resuelta la situación, el pobre hombre se echó literalmente
a llorar delante de nosotros (aún lo recuerdo con emoción)
y se despidió de nosotros, que habíamos llevado a
los niños en brazos hasta la misma puerta de embarque, con
una profunda reverencia, uno por uno... Sobraban las palabras en
cualquier idioma, ¿verdad?

El único dispositivo de ayuda lo proporcionó la Cruz
Roja, con cuatro voluntarios que repartían bocadillos, agua
y alguna manta. ¿Dónde estaban todas esas medidas
que hemos visto tomar ante inundaciones, accidentes, conflictos
en los que se ven involucrados ciudadanos inocentes?
Ésta fue mi principal reclamación y la de muchos que,
superando el cansancio, aguantamos una cola más para llegar
a nuestras hojas de reclamaciones.

La contestación de Iberia no tardó en llegar: sólo
tendrían derecho a indemnización (ridícula,
por cierto) los pasajeros de vuelos cancelados (no pérdidas
de conexión como nuestro caso) y las pérdidas de equipaje.

Llamé a la oficina que diligentemente (¡a buenas horas
las prisas¡) puso el Ministerio de Fomento a disposición
de los afectados, y volví a hacer la misma reclamación:
DAÑOS Y PERJUICIOS por casi 24 horas de secuestro en condiciones
de indignidad absoluta y dejados de la mano de cualquier autoridad
competente en el caso. La misma respuesta. Como último recurso
y sin la más mínima confianza en este estado de ¿derecho?,
formulé mi queja al Defensor del Pueblo. He recibido hasta
la fecha acuse de recibo y promesa de ser estudiada mi reclamación.
La esperanza es lo último que se pierde, lo han dicho los
sabios...Pero fundamentalmente busco hacer todo lo que esté
en mi mano para que no sigan cometiéndose estas injusticias
con viajeros que, en contraste con la actitud gubernamental, dieron
un ejemplo de civismo y de solidaridad que deseo homenajear también
con estas líneas.

Agotando todas las vías legales, me enteré de que
podemos tramitar gratuitamente en el juzgado una demanda a título
personal. Pero una vez sabido que si pierdo, cosa fácil porque
la ley tiene siempre sus trampas y David pocas veces gana a Goliath,
tendría que pagar los costes de la otra parte...

Desalentador. Sólo me faltaba tal cosa.
Así que mi única arma es la opinión pública.
En cuanto llegué, después de un primer descanso reparador,
llamé a dos periódicos de mi ciudad y les ofrecí
el reportaje en primera persona, con fotos incluídas. Ni
qué decir tiene que ese mismo día nos hicieron dos
entrevistas en La Nueva España y La Voz de Avilés.
A raíz de aquellos reportajes me llamaron del programa Gente,
de Televisión Española, interesándose por mi
teoría del "secuestro". Me preguntaron si estaría
dispuesta a salir en el programa y les contesté que por supuesto
ya que me sentía obligada a crear opinión pública
de esos hechos. Debieron de pensárselo mejor, o a alguien
no vió conveniente dar esa información, porque no
volvieron a llamar. Viva la libertad de prensa.

Busqué en internet plataformas de afectados por la huelga,
pues imaginé que mucha gente habría dado mis pasos
y siempre queda el recurso de "la unión hace la fuerza".
Y sin embargo, no encontré nada de nada. Sólo asociaciones
de consumidores que gestionaban las denuncias a sus afiliados. Pero
nada más.
Por ello, en Avimun me ofrecieron esta plataforma para denunciar
lo ocurrido y luchar así por la defensa de nuestros derechos,
como viajeros, pero sobre todo como ciudadanos. Muchas gracias por
vuestra ayuda.
Rosa Rubio
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