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Viaje al Sur de Marruecos.

Este mi segundo viaje a Marruecos se realizó en el mes de Mayo, por aquello de que el calor no sería excesivo. Comenzamos el viaje una amiga y yo, en coche, atravesando España de Asturias a Algeciras, para ir haciéndonos poco a poco al cambio de clima, sacamos los billetes para el Ferry pasado Fuengirola en un puesto de venta oficial de los muchos que hay por la carretera.


Al llegar a Algeciras tenemos la mala suerte de que el barco acaba de salir, así que hemos de esperar varias horas bajo un sol de justicia y sin separarnos del coche, hasta que un nuevo ferry se coloca en posición de admitir vehículos y pasajeros. El viaje es muy tranquilo, sin grandes movimientos y con muy poca afluencia de pasaje ya que aún no ha comenzado el éxodo de trabajadores magrebies que atraviesan la península con destino a su tierra para pasar las vacaciones de verano. Tenemos por delante dos horas de bamboleo entre Gibraltar y Marruecos.


Nuestra llegada al puerto de Tanger estuvo a punto de ser accidentada; al abrirse el portón del barco y comenzar a desembarcar los vehículos seguimos al que se encontraba delante de nosotras, que se movía con cierta velocidad y sobre todo sin titubeos por la zona portuaria, hasta que varios gendarmes se nos echan literalmente encima del vehículo y a los que estamos a punto de atropellar, la zona en que nos encontramos resulta ser un área exclusivamente dedicada a viajeros marroquíes que no pasan aduana y el que nos precede debía pertenecer al cuerpo diplomático o simplemente, ser más conocido que el pupas, ya que un gendarme con cara de malas pulgas nos da el alto y nos indica por donde debemos ir. Una larga cola que se estaba formando era la nuestra!!!!


Cuando alcanzamos las garitas de la aduana y bajo un somero tejado que a duras penas nos libra del sol abrasador, aparecen varios personajes, solo uno de ellos uniformado, quien nos pide pasaporte, pasaje y documentación del vehículo, además, nos hace entrega de un documento, "hoja blanca" la llamarán todos, que debemos conservar una vez sellada por la aduana, hasta nuestra salida del país, creo que como demostración de que no hemos dejado el coche en Marruecos.


Uno de los hombres que se nos acercan se ofrece insistentemente, para rellenarnos el dichoso papel, a cambio, claro está, de unos cuantos dirhams, así como para llevarlo posteriormente a la oficina de la Aduana para ser sellado. Se trata de uno de los muchos que pululan por el puerto, a uno y otro lado de la Aduana, ganándose la vida con las propinas que sacan de estos menesteres, uno de los muchos que en Marruecos no tienen profesión ni trabajo fijo y se ganan la vida con lo que les sale en el día a día. Y ahora a que esperamos?, me digo, acostumbrada como estoy ya a pasar las fronteras sin revisiones de ningún tipo desde que somos europeos, pues eso, sencillamente a pasar la frontera, a que un aduanero venga a revisarnos el coche, a hacernos las preguntas habituales, que lleva Vd. en las maletas? Lleva Ud. drogas? Lleva armas? Si hombre, si las llevara te lo iba a decir… lleva Ud. bebidas alcohólicas? A donde se dirige? Por que lleva tantos bultos? Familia en Marruecos? Y tu impertérrita, contestando sus preguntas como si del examen de conducir se tratara y dando todo tipo de facilidades para que fisgue el interior del vehículo y el maletero, con tal de que no nos haga sacar los bultos y abrirlos, mas que nada por no tener que volver a meterlos en el coche, ya que van colocados milimétricamente.


Superada la prueba y repartidas las correspondientes propinas, que no importa se den en dirhams o en euros, como comprobaremos a todo lo largo del viaje, atravesamos el puerto de Tanger y alcanzamos la carretera. En estos momentos el asiento del coche ya se ha adherido a nuestra espalda y forma un todo con ella. Nos adentramos en el país.


Pasamos de largo Asilah, delicioso pueblo blanco donde en mi anterior viaje pasé agradables días, tomando la carretera que se dirige a Rabat, Casablanca y Marrakech vamos haciendo kilómetros sin apenas parar pues queremos llegar, aunque sea ya de noche, a la casa de nuestros amigos, lo cual no nos libra de perdernos en algún momento en que la señalización no es muy clara y de llevarnos algún que otro susto en la Autopista pues como no hay vallas de separación con el campo de pronto se encuentra uno con algún lugareño que la atraviesa a pie y por menos de nada, acompañado de unas cuantas ovejas.


Llegamos a Marrakech al filo de la medianoche y la ciudad se nos ofrece prácticamente desierta hasta que alcanzamos el barrio de Massira, en la periferia, donde vive la familia que vamos a visitar. Marrakech es una ciudad de aspecto terroso, con muchas zonas sin asfaltar, que ha crecido de forma horizontal para albergar a sus más de dos millones de habitantes y donde se conservan amplios parques como el de la Menara, parque que se ve invadido en los días de fiesta por las familias que buscan allí un poco de frescor, aunque otros no son accesibles al público al tratarse de zonas que formar parte del Palacio Real.


El pueblo marroquí es tremendamente cariñoso, aquí es suficiente con una ligera sonrisa para que un niño te eche los brazos al cuello y te llene de besos.


Nuestra primera cena marroquí, resulta deliciosa, la mesa se va llenando de platos a cada cual más suculento. Antes de comer nos traen un lavamanos, es la forma de darnos la bienvenida a la casa, a compartir sus alimentos, de integrarnos en la familia. Como en todas las comidas, un gran plato o fuente redonda se ubica en el centro de la mesa. Cada comensal toma el pan, siempre con la mano derecha y va sirviéndose porciones de comida desde el plato central que será compartido por todos.
El día siguiente nos saluda con un cielo azul y un sol abrasador y dedicamos la mañana a recorrer el mercado de Massira que es una buena muestra de los mercados marroquíes. Bastante grande, al comienzo se encuentran multitud de pequeñas tiendas, de no más de 3 o 4 metros cuadrados, de las más variopintas especialidades, desde tiendas de comestibles a talleres de confección de caftanes, pasando por carnicerías y chamarileros, pero la gran mayoría tiene delante del establecimiento una montaña de lo que parecen ser restos de pan y bollos, secos o muchos de ellos verdes de moho; aquí no se desperdicia nada y mucho menos, el pan duro. Los animales domésticos lo comerán. El gentío va haciéndose más y más numeroso a medida que nos adentramos en el mercado, llegando a la zona en que los puestos ocupan todo el ancho de las calles, puestos de verdura, de ropa, de pescado, y los carros que atraviesan, nadie sabe como, esta maraña de gentes. Muchos de estos carros van cargados con la menta que en grandes manojos llevan las mujeres para preparar el té, aquí podemos encontrar desde cuscuseras a cántaros para contener agua o las manoplas que se utilizan en el Hamman. Una mezcla de olores que al principio marea y a la que uno acaba acostumbrándose, el perfume de las especias con el olor nauseabundo que desprenden los puestos donde se venden las vísceras de los animales, el olor del pescado mezclado con el de la menta. Marrakech es luz cegadora y olores, olores siempre. Afortunadamente las casas no están pintadas de blanco como en otras zonas del país, sino de color tierra, algo que si bien al principio llama la atención del viajero pues la ciudad parece un inmenso arenal, al poco de estar allí se agradece, de otra forma la luz resultaría insoportable.


Si hay un lugar de la ciudad que la caracterice ese es la Plaza de Yemaa al-Fna, lugar donde la vida tiene su protagonismo absoluto, lugar de encuentro, de paseo, con los puestos de zumo de naranja que permanecen día y noche y ese caos circulatorio que le es propio. En la plaza de Marrakech, cruzar desde los laterales al centro donde se desarrolla la actividad y que está vedada a los vehículos de motor, es toda una proeza, una aventura digna de explorador. Aquí los vehículos no siempre llevan la dirección lógica que sería de esperar, no hay semáforos, ni señalización horizontal, ni pasos de peatones, el conductor circula por donde buenamente considera que debe hacerlo y el peatón se lanza de forma suicida sobre la calzada intentando atravesar la maraña de vehículos, carros y otros que a toda velocidad suponen un grave riesgo para la integridad del viandante. La plaza constituye una amalgama de gentes de lo más variopintas, pudiendo encontrar contadores de cuentos, curanderos, encantadores de serpientes, tatuadoras de Henna, etc., a los que por la noche se unirán los bailarines, los acróbatas y los puestos de comida que se van ubicando con un orden y una pericia increíbles, iluminados por multitud de lamparas de queroseno, se convierte en un hervidero de gentes que pasean, cenan, conversan.


La circulación es trepidante en torno a la plaza, los innumerables taxis parecen volcar en ella gentes de forma continua. Los petit-taxis de Marrakech, de color marron, vehículos que en la mayoría de los casos uno no se explica como pueden conservarse en pie , casi todos con las ventanillas bajadas -en muchos casos simplemente no se pueden subir- imprescindible para no ahogarse con el olor a combustible o a tubo de escape que reina en su interior. Una cosa que suelen hacer los taxistas es decir que no funciona el Taxímetro, para cobrarte el doble por el viaje, así que conviene amenazar con bajarse del vehículo para que lo pongan. Otros Taxis son los Grandes, autorizados a salir fuera de la ciudad y que son compartidos por varios ocupantes, aunque sus destinos no sean necesariamente el mismo.


La plaza de Yemaa al-Fna es también la puerta de entrada a la Medina y los numerosos zocos; para acceder a ellos habrá que sortear los corrillos de gente que en torno a los puestos de las serpientes se forman y de los que yo me aparto con verdadera fobia, por muy inofensivas que puedan ser y que al igual que los aguadores sirven para que los turistas se hagan fotos con ellas. Los innumerables zocos que sin solución de continuidad se agolpan en el espacio que ocupa el centro de la ciudad vieja son un laberinto de "calles" en las que las tiendas, los puestos de venta, se suceden uno tras otro, los vendedores ofrecen su mercancía a todo aquel que pasa y si uno entra en alguna de las tiendas, sin lugar a dudas surgirá la ocasión de invitarte a tomar un té. Té que preparan no se sabe donde ya que los comercios no cuentan con infraestructura ninguna. Pero si atrayentes son los zocos por donde se agolpa el publico y a veces también transitan los burros que transportan la mercancía, más interesante si cabe es el mundo que tras cualquiera de las pequeñas puertas que de vez en cuando se observan, se halla bajo tierra, escaleras que llevan a un laberinto de pasillos y salas donde se trabaja en talleres artesanos, donde se elaboran desde alfombras a babuchas y telas, pasillos y pasillos donde se trabaja siempre con luz artificial, donde apenas se renueva el aire, respirando siempre los efluvios de los pegamentos, niños trabajando codo con codo con adultos, a veces realizando las tareas mas penosas. Lugares a los que solo se accede de la mano de alguno de los vendedores que en su tienda del exterior te intentan convencer de sus métodos artesanales o de la posibilidad de confeccionar aquello que tu deseas y no tienen.


La madera pintada, las lámparas de henna, las tiendas de ropa, las de pendientes y collares, y de pronto un espacio abierto, una plaza donde se reúnen las tiendas de las especias, un cúmulo de aromas, y en el centro el mimbre y el esparto.


Claro que también recorriendo los zocos se pueden percibir otros olores no tan agradables como los de las especias, los de los colectores de residuos orgánicos que se hallan prácticamente al aire, pero no hay que olvidar que estamos en un país africano, donde las comodidades y los medios sanitarios de que aquí gozamos no dejan de ser un sueño.


Nos preparamos para ir a los Baños Públicos, con nuestra toalla, champú, y una serie de cubos. El Hamman , uno de los muchos que hay en toda la ciudad; tiene dos puertas, para los hombres y para las mujeres, quienes por supuesto tienen zonas totalmente diferenciadas. Una vez pagada la entrada (algo así como 1 Dirham) se nos entrega un envoltorio de papel de periódico, pequeño, que me deja perpleja ya que desconozco su significado. Traspasada la puerta propiamente dicha del Hamman, me encuentro en una habitación donde una serie de bancos corridos sobre tarima de madera ocupan todas las paredes, así como los colgadores de ropa que se hallan en la pared. En una esquina de la habitación se encuentra una mujer que será quién nos guarde la bolsa con nuestra ropa. Aquí nos desvestimos y con unas chanclas de baño pasamos a la siguiente habitación, si en ésta la temperatura es cálida, la siguiente es un ahogo de calor.


La temperatura ambiente es tal que mis gafas inmediatamente se empañan de tal modo que dejo de ver absolutamente nada y me las tengo que quitar, aún así, puedo distinguir las figuras de las otras mujeres que como yo han venido a realizar su baño. El calor es agobiante, la temperatura muy alta y el vaho casi impide respirar. Aquí hay que proveerse de cubos de agua caliente y proceder al baño en si, el envoltorio que nos dieron en la entrada se trata de una especie de grasa de jabón con el que hay que untarse el cuerpo y después frotarse con una manopla con tacto rasposo, parecido a las lenguas de los gatos que va levantando toda la piel muerta para después, sin prisa, ir echándose el agua caliente y limpiando el cuerpo. Esto deja una piel suave que ni los mejores tratamientos de belleza occidentales. Después, sin prisa ninguna, y bien tapadas de la cabeza a los pies, salimos a la calle.


Al día siguiente comenzamos nuestro recorrido por el sur del país tomando la carretera que nos llevará a Ouarzazate, tras pasar primero el puerto de Tizi n Tichka al que llegamos tras atravesar numerosos pueblecillos como Taferiate o Taddert, buenos lugares para hacer un alto y tomar un zumo de naranja o recorrer los zocos que en uno u otro pueblo siempre se encuentran. La subida del puerto es larga y peliaguda debido a su altitud y a que la carretera no es precisamente moderna, una vez en lo alto hacemos una parada para contemplar todo el Atlas que se encuentra ante nosotras; después el desvío hacía Telouet nos lleva hasta la Kashbah que fue residencia de los hermanos Glaoui, antiguos jefes locales de una de las tribus que controlaban las rutas entre Marrakech y los oasis del sur y que atravesaban el alto Atlas, Kashbah que estuvo habitada hasta 1956.


Retomada la carretera nos dirigimos a Ouarzazate alojándonos en un pequeño hotel, acogedor, limpio y tranquilo, con una hermosa piscina que no se encuentra en uso ya que no estamos en verano, independientemente de la elevada temperatura, eso si, la habitación, afortunadamente, cuenta con aire acondicionado por lo que junto con una buena ducha nos podemos refrescar aunque al abrir las camas comprobamos que bajo una buena colcha se encuentran unas gruesas mantas que solo de verlas ya dan calor. Recorremos lo que parece un barrio de Ouarzazate donde encontramos las tiendas abiertas a pesar de lo avanzado de la hora, pequeños comercios de comestibles, confección, artesanía y como no, la Farmacia Bereber. Aquí notamos algo que nos llama poderosamente la atención, la ciudad está prácticamente a oscuras, no existe más iluminación que la procedente de bares y comercios, algo a lo que nosotras ya no estamos acostumbradas.


La mañana siguiente comienza con un buen desayuno en el hotel, aunque según parece, nosotras no merecemos el mismo tratamiento que otro cliente a quién le han cubierto la mesa de pétalos de rosa; y no será la unica vez que lo veamos.


Seguimos viaje visitando las Kasbashs de los alrededores como la Taorirt, conjunto de edificios con torres almenadas, todo un laberinto, con estancias de todos los tamaños, arcos, columnas, decoraciones, y que se encuentra en una loma ocupada por un pueblo que prácticamente la rodea y que resulta igual de interesante, con callejuelas y establecimientos que parecen anclados en un tiempo varios siglos atrás.


Nuevamente en ruta nos dirigimos hacia Agdz donde compartimos té con una familia local, té que irá acompañado de una "pizza bereber", especie de torta rellena de una sustancia a base de pimentón picante y que es propia de la zona. Sentadas en el suelo somos el centro de atención de familiares y amigos. El centro de Agdz lo ocupa una gran plaza en donde se encuentran numerosos bazares que parece son repetidamente visitados por los turistas que por aquí pasan, ya que somos requeridas por el propietario de uno de ellos para escribirle una carta a unos amigos españoles. Abdul, junto con su primo Ibrahim nos invitan a conocer los alrededores y a compartir cena y casa con su familia; la ciudad de Agdz está compuesta por una laberinto de casas bajas que aparentan una pobreza extrema, cubos de adobe con puerta y una ventana a la calle, pero que luego descubriremos ocultan un laberinto de pasillos y estancias, generalmente con un patio interior.


Nos dirigimos al camping del Palmeral, instalado en una antigua Kasbah que podemos visitar gracias a la compañía de Ibrahim viendo como conserva alguna de las pinturas originales de sus techos. Un camino de piedra nos lleva a la presa del Draa desde donde podemos observar la cantidad de agua que lleva a estas alturas de año el río, agua que significa vida para los naturales de la zona y que reverencian. Nos cuenta Ibrahim como la mayor riqueza de la zona son los dátiles de las innumerables palmeras que crecen junto al río. Cuando llegue la época de la recolección, cada familia recogerá su cosecha y la cambiará por aquello que necesita para su vida diaria, y en caso de que no alcance para sufragar los gastos de todo el año se harán alfombras u otros objetos que venden a los comerciantes y que estos harán llegar al turista. En el camino de vuelta, por otra ruta igual de mala que la anterior, paramos en un pequeño montículo junto al cementerio, con sus mil y una pequeñas losas, sin inscripción, sin signo alguno de vanidad, solo se observa que todas se encuentran ubicadas en la misma dirección.


Como se nos ha hecho de noche aceptamos la invitación de nuestros nuevos amigos y vamos a cenar y dormir en su casa, donde conocemos al resto de la familia, madre y hermanas, siendo conducidas hasta el patio y abierta a este, una sala que parece ser la más importante de la casa, con divanes y alfombras, pero como la temperatura es muy agradable, se extienden en el suelo del patio unas esteras sobre las que se colocan las alfombras y así, sentados en el suelo, daremos cuenta de un delicioso Tajine.


Esa noche dormimos en el "Hotel de las mil estrellas", es decir, en el patio, sobre la alfombra y tapadas con una manta.


Tras recorrer los palmerales cercanos y alguna Kasbah medio derruida de los alrededores tenemos que acortar nuestro viaje debido a una avería del vehículo, así que nos dirigimos a Ait-Benhadou, quizá el más bellos conjunto arquitectónico que contemplamos en nuestro viaje, se encuentra en una colina al otro lado del río que atravesamos aprovechando que por este no baja casi agua, en caso contrario deberíamos hacerlo a lomos de camello. La Kasbah propiamente dicha se encuentra deshabitada, no así las numerosas casas de los alrededores. Aquí se han rodado numerosas películas y raro es no encontrarse con que el guía que te lleva a recorrerla no haya participado como extra en alguna de ellas.


Una vez abandonamos Ait-Benhadou y a punto ya de regresar a la general, paramos en un grupo de viviendas a pie de carretera donde encontramos unos niños jugando, le damos unos caramelos y algún juguete y cual no será nuestra sorpresa cuando uno de ellos nos ofrece unos huevos frescos en compensación. Al decirle que no nos es posible aceptarlos se entristece, aunque rápidamente se le ilumina la cara ofreciéndonos un té con su familia que aceptamos gustosas. Entramos en la vivienda, donde encontramos primero una estancia en la que hay varias cabras y a continuación una sala con un bastidor de madera y una alfombra a medio hacer. Un hombre de avanzada edad fuma tranquilamente sentado en el suelo y nos saluda al pasar. En el interior, un grupo de mujeres de todas las edades y varios chiquillos nos ofrecen su sala de los divanes para sentarnos y conversar, aunque como nosotras no hablamos árabe, única lengua que ellos conocen, nos resulta muy difícil entendernos. El hombre que hemos visto, de 94 años, es el cabeza de familia y las dos mujeres de más edad, sus esposas, una de ellas, la mayor, de unos 50 años, nos presenta a su vez a sus hijas y nieto, un pequeño de apenas 2 años. La segunda esposa, madre a su vez de cinco hijos, no pasa de los 40. Nos traen un té que acompañan con unas tortas de pan.


Emprendemos la vuelta hacía Marrakech donde podemos disfrutar de las "delicias" de la sanidad marroquí debido a una inoportuna indisposición, y eso que recurrimos a la sanidad privada, ya que la pública no comprende, al menos en estas latitudes, más que una especie de paritorios. Una noche en la Clinica Koutoubia tiene un coste parecido al de una habitación en el Hotel La Mamounia. Pasamos la noche en la zona de urgencias, mi amiga ingresada y yo ocupando una cama libre junto a ella, cama que a la mañana siguiente y tras estirar las sábanas será ocupada por otro enfermo.


Los siguientes días habrán de ser relajados para terminar de recuperarnos, así que los dedicamos a Marrakech, recorriendo la ciudad y visitando los Jardines Majorelle, en el barrio de Gueliz donde habita la clase media-alta y donde se encuentran los comercios más caros; restaurados por Yves Saint Laurent albergan en su interior el Museo de Arte Islámico. Las Tumbas Sadies, mausoleos que contienen una serie de tumbas de miembros de la realeza y cuyo recinto se encontraba totalmente tapiado hasta 1917, por lo que se han conservado en bastante buen estado; el palacio de Bahía y el de El-Badi, la Medersa Ben Youssef, que data del siglo XIV y fue la más importante del Magreb, con 130 habitaciones o celdas para estudiantes, edificio magnífico por su decoración; junto a la Medersa se encuentra el Museo de Marrakech que ocupa un antiguo palacio de 2000 m2 del siglo XIX y que perteneció al sultán Moulay Abdelaziz, el museo gira en torno al patio central de grandes columnas y cuatro estancias o salones, una cocina y un hamman; llama la atención al entrar la enorme lámpara que pende sobre el patio, todo en el palacio es de gran lujo y exquisitez, lo que contrasta fuertemente con el exterior, pues ya nos encontramos en la parte mas antigua de la Medina.


Antes de llegar a la Medersa y el Museo se pasa por el Maristán u Hospital de los locos que no parece encontrarse en funcionamiento aunque no conviene fiarse por el aspecto exterior. También recorremos el zoco de los tintoreros, de un colorido extraordinario, con las madejas de lanas de vivos colores secándose colgadas al sol, y las tinas de tintes en chamizos que difícilmente pueden recibir el nombre de talleres donde la gente trabaja en condiciones casi infrahumanas.


Una de las últimas tardes en la ciudad la pasamos en una fiesta de Circuncisión; realizada una semana antes a un niño de unos 4 años que se encuentra en la casa rodeado de mujeres, pues no hay más hombres que los músicos de la orquesta que con un volumen atronador amenizan la tarde. El protagonista va vestido para la ocasión con una camisola, pantalones blancos y un chaleco de brillantes bordados, junto con unas chilabas y un fez. Ahora entendemos la gran cantidad de estos conjuntos que hemos visto expuestos en el zoco. Las mujeres, de todas las edades, llevan caftanes de vivos colores sujetos con un cinturón que en caso de ser dorado, proviene del día de su boda. La criatura parece perdida en su propia casa y las mujeres no paran de bailar y lanzar albórbolas.


Casi como para despedirnos de la ciudad y sus gentes conocemos a Ali, un Imán amigo de la familia y cuya presencia en la casa de nuestros amigos se debe a su intento de mediación en un problema conyugal.


El viaje de vuelta en el Ferry fue de "órdago", al menos para los que somos de "secano", aquello no paraba de moverse, más que en barco parecía fueramos a caballo. De nuevo en España nos sorprende agradablemente la sencillez de trámites para pasar la aduana y los controles de Policía aunque estos sean realizados con perros.

 

Leonor


 

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