Visitar la Amazonia era uno de los puntos
fuertes del viaje, de hecho habíamos estudiado acceder por
la parte brasileña pero los costes eran muy elevados y además
la parte colombiana es mucho menos visitada, baste decir que la
única comunicación con Leticia, capital de la Amazonia
colombiana, con el resto del país es por aire, en un único
vuelo diario que la une con Bogotá y que puede llevar 140
personas como máximo.
Vídeo desde el embarcadero de Leticia, río Amazonas
Inicialmente habíamos pensado en navegar
río arriba hasta Manaus o algo más abajo, pero después
de evaluar la poca información de primera mano que hay sobre
el viaje, nos pareció que pasar diez días, lo que
nos llevaría ir y volver como mínimo, de navegación
exclusivamente resultaría muy monótono y que sería
preferible poder emplear el tiempo en visitar algunos lugares próximos
al río haciendo pequeñas navegaciones por él.
Por nuestra experiencia posterior parece que nuestra decisión
fue acertada.
Panorama del Amazonas desde el mirador de Tabatinga (Brasil)
El avión que nos llevaba a Leticia iba casi
lleno, cosa lógica por lo que hemos explicado y en esta ocasión
tuvimos como compañero, esta vez también de clase,
a Kapax, el conocido como Tarzán colombiano, un hombre que
se hizo famoso por nadar por el río Amazonas, que hay que
recordar que está infestado de pirañas y otros animalitos
exclusivos bastante peligrosos, como el candirú (Vandellia
cirrhosa), que se introducen por los orificios corporales atraídos
por la orina y la sangre menstrual especialmente, y te comen literalmente
las entrañas. En fin, que procura no caerte al agua en ese
río.
Kapax, el Tarzán colombiano.
A nuestra llegada al pequeño aeródromo
de Leticia abonamos la tasa turística y volvemos a tener
que pasar el equipaje por un escáner. Las medidas de control
en los aeropuertos son bastante rigurosas aunque rápidas,
también, como siempre, revisan que cada viajero retire su
maleta facturada mediante la comprobación de los resguardos
correspondientes, así se evitan los despistes intencionados
o no y nadie puede alegar tampoco que una maleta no sea suya.
Aeropuerto de Leticia con Kapax sujentando una anaconda en un mural.
Amenaza el día con lluvia y justo antes
de entrar en el hotel, cuando estábamos bajando de los taxis
que habían dispuesto para recogernos, cae una tormenta tropical
en toda regla. Afortunadamente dura sólo unos 40 minutos
y mientras tanto nos ofrecen un cóctel de bienvenida a base
de cachaça brasileña, aguardiente de caña,
y una de esas frutas exóticas que tienen bonitos nombres,
olores y formas aunque sobre sus sabores no suelen ser muy populares
entre nosotros en general, claro está que hay algunas deliciosas
y unánimes excepciones.
Tormenta tropical
Tras amainar la tormenta y poder acceder a nuestras
habitaciones para instalarnos, nos vamos a dar un paseo por el pueblo.
Leticia es una localidad muy animada, llena de motos, niños
y con una actividad económica que parece muy por encima de
las supuestas actividades económicas aparentes. Hay que recordar
que fue uno de los principales centros de narcotráfico en
el pasado, llegando a tener incluso un "aeropuerto internacional"
supuestamente clandestino dedicado a esos menesteres. También
fue un lugar en el que la vida no valía de veras nada y las
balaseras eran cotidianas. Hoy, afortunadamente para el viajero,
es un lugar absolutamente tranquilo y las operaciones de narcotráfico
que parece que no se han terminado del todo son al menos lo bastante
discretas como para que el viajero no se entere de nada.
Aprovechando la moto
Aprovechamos el paseo para ver las posibilidades
de hacer algunas excursiones por la selva y para visitar una especie
de farmacia de productos naturales amazónicos diversos que
su locuaz propietario, a quien vemos con una ayudante en la foto
de abajo, nos muestra y da toda clase de explicaciones. Probamos
también una deliciosa miel natural con sabor a limón
debido al tipo de flores de las que se alimentan las abejas.
Farmacia amazónica.
Por la noche, después de cenar, asistimos
a una interesante explicación de algunos de los elementos
centrales de la cultura de las comunidades indígenas amazónicas
de la zona en una "maloca" construida en Leticia por unos
indios que sólo llevan unos treinta años de contacto
con la cultura no indígena, o casa comunal, por parte de
un chamán indígena último Hiyachi paye de la
etnia Karihona del clan Were, Wereru del linaje de la generación
número del último de los siete sabios Hiyasana que
escribieron los petroglifos de Chiribiquete y nos presenta los elementos
esenciales y sagrados de su cultura, el tabaco y la hoja de coca,
y la cosmogonía que funde al hombre con la divinidad y se
expresa precisamente a través de la maloca desde la tradición
oral de su pueblo de la que representa la memoria colectiva viva.
Chamán Karihona
Al día siguiente hacemos nuestra primera
excursión por el río Amazonas que recorremos en la
casi totalidad de su recorrido colombiano, desde Leticia, que es
la frontera oriental con Brasil, hasta Puerto Nariño, cerca
de la frontera occidental con Perú.
Una mariposa
El embarcadero del puerto de Leticia, como se aprecia
en la foto, es tan precario en cuanto a su acceso que una persona
del pequeño grupo formado por nosotros seis y otros cinco
colombianos desiste al ver el movimiento de las tablas sobre las
que debía pasar para llegar a la pequeña barca de
motor en que cabríamos justo nosotros, el patrón y
nuestro guía.
Embarcadero del puerto de Leticia
A la selva, como resulta bastante evidente, no
puede uno ir alegremente por donde le parezca, sino que sólo
se puede ir con un guía competente, extremo éste de
especial importancia, ya que hemos recogido testimonios de gente
que ha ido con supuestos guías que han llegado a perderse
y han podido volver de casualidad. Afortunadamente nuestro guía,
Elvis (datos de contacto, como de todo lo práctico en nuestra
sección exclusiva para socios), un indio tikuna que además
es apasionado estudiante de Biología, resultó ser
persona adecuadísima para la tarea, pues junto a su condición
indígena, que le proporciona una cultura de profunda comprensión
y cuidado del medio, une los conocimientos que le proporciona su
formación universitaria. Absolutamente recomendable, si puedes
contacta con él y tu experiencia amazónica será
magnífica. Sólo con verle depositar con todo cuidado
y ternura una feroz hormiga que había cogido en sus dedos
para explicarnos sus características, se percibe de inmediato
lo que de sagrado tiene para él la tierra que pisa y las
criaturas que la habitan.
Nuestro guía Elvis explicando algunos secretos de la selva.
Nuestra primera parada nos permite observar parcialmente
a los delfines rosados que nadan en esta agua. Son una especie difícil
de fotografiar porque no suelen dar saltos fuera del agua como los
de otras especies, sino que sólo sacan fuera del agua al
nadar un poco el lomo.
Delfín rosado
Después llegamos a la llamada isla de los
micos, una isla en medio del río en la que hace unos años
hubo un hotel, hoy abandonado, cuyo propietario fue encarcelado
posteriormente en EE.UU. por narcotráfico y que había
recogido en la isla unos cuantos ejemplares de monos fraile y ardilla
que luego quedaron en libertad y se han reproducido tan abundantemente
que se abalanzan ahora sobre los escasos visitantes para pelar y
comerse los plátanos que se les ofrecen con la mano. Siempre
simpáticos y vivaces estos pequeños monitos nos hacen
pasar un rato divertido. Hay que advertir, eso sí, a quien
pretenda visitar el lugar que tienen cierta debilidad por ciertos
objetos, tales como gafas o cámaras, que pueden desaparecer
para siempre como no se esté atento.
Coque dando de comer a un mono en la isla de los micos
En la isla se encuentran por el día, ya
que no viven allí, algunos indios que venden artesanías
y van vestidos como el turista espera encontrar a unos indígenas
amazónicos que poco tienen que ver ya con lo que hoy son
los pueblos nativos de la zona. Los indígenas amazónicos
se clasifican, por parte de los extraños, claro, en tres
grupos según su contacto con la cultura no indígena,
o sea, la nuestra:
-grupos de contacto permanente, como todos los que se pueden visitar
de hecho por parte del turista y del viajero más voluntarioso
-grupos de contacto intermitente, que circunstancialmente pueden
entrar en relación con los no indígenas, y que muy
raramente podrán ser contactados por algunos antropólogos
u otros especialistas
-grupos sin contacto, que increíblemente todavía quedan,
sobre todo en territorio brasileño, como los llamados por
los brasileños "frechaos" (no estoy seguro de la
corrección de la trascripción del vocablo), así
llamados por recibir a flechazos a todos los que han intentado contactar
con ellos
María Ángeles y Coque con unos nativos en la isla
de los micos.
Así que quien espere encontrar comunidades
indígenas "vírgenes" que no se haga ilusiones
y no venga a la Amazonia por eso. Hemos recogido incluso testimonios
de que ciertos documentales televisivos sobre supuestas tribus remotas
han sido rodados con nativos que se visten de indios para el documental
y luego se vuelven a poner su ropa occidental y a manejar sus ordenadores
portátiles.
Carmen con una niña indígena
Nuestra siguiente parada fue en la localidad de
Macedonia, donde la comunidad indígena tikuna se dedica a
la elaboración de artesanía con cuya venta sobreviven.
Muy organizados tienen una maloca en la que cada cual expone su
producción y vende cuando llegan los visitantes. La madera
llamada palosangre, de un vivo color rojizo es la más utilizada
en los objetos que elaboran. Los indios son generalmente bastante
tímidos incluso para ofrecer sus productos que están
hábilmente producidos y reflejan en reproducción exacta
o a tamaño reducido los objetos de uso cotidiano de su cultura,
o al menos aquellos que hasta no hace mucho lo han sido. No encontrará
el viajero por aquí fundas para teléfonos móviles
o pitilleras, cosas que sí aparecen ya en los bazares de
"artesanías" de la propia Leticia, muchas de las
cuales están bajo sospecha de ser "made in China".
Niños de Macedonia
Siguiendo río arriba, en el puro sentido
de su nacimiento, ya que discurre todo el trayecto por una zona
sin desniveles, llegamos al Parque Nacional Amacayacu por el que
haremos un caluroso paseo antes de comer en el restaurante de que
dispone junto unas cabañas en las que es posible alojarse
si se desea pasar unos días, y sus noches, en la selva, en
un proyecto recientemente puesto en marcha en el que se pretende
combinar el estudio y la defensa de una zona amenazada que parece
que gracias al parque va mejorando su situación.
Precios distintos para colobianos y extranjeros en el Parque Nacional
Amacayacu.
La última visita que hacemos es al segundo
municipio del departamento de Amazonas, la pequeña y cuidada
localidad de Puerto Nariño. Un lugar sin más vehículos
de motor que una especie de tractorcillo que sirve para tareas higiene
pública y para traslado de enfermos hasta el río en
caso necesario.
Vídeo del Parque Nacional Amacayacu, Amazonas, Colombia
Llama la atención lo cuidadas que están
las vías públicas pues los miembros de la comunidad
tienen a gala competir por tratar de ofrecer la mejor presencia
de sus pequeños jardines. También resulta curioso
que lo primero que vea el viajero al desembarcar sea un parque infantil
con sus columpios como en cualquier ciudad del mundo, con el pequeño
detalle de que este lugar está en un lejano rincón
del trapecio amazónico sin más acceso que el río
y con la electricidad que proporciona unas pocas horas al día
un generador.
Columpios en Puerto Nariño
A la vuelta, la lancha en la que viajamos pone
a tope sus doscientos caballos de potencia para tratar de llegar
a puerto antes de lo que parece va a ser otra descarga tropical
de agua de los cielos. Dando botes como si de baches de una carretera
y no del más caudaloso río del mundo se tratara, avanzamos
por las aguas marrones del Amazonas de vuelta a la comodidad de
nuestro moderno hotel.
La pava hedidonda
La jornada del miércoles 11 la dedicamos
a otra pequeña incursión por la selva, en este caso
por el lado peruano. Nuevamente embarcamos, en esta ocasión
en una lancha apropiadamente llamada "Viajera" en compañía
de otros pocos nuevos amigos colombianos, y una chica rusa que acompaña
a uno de los colombianos. Y cuando digo amigos no lo hago como un
mero recurso verbal para referirme a unos circunstanciales compañeros
de viaje, sino que la calidez de los colombianos hace que de inmediato
se vayan tejiendo lazos que no por efímeros son menos intensos.
Esta es una de las mayores recompensas de los viajes: los otros,
aquellos que vamos encontrando en nuestro camino y con los que compartimos
a veces apenas unas horas pero con los que en ocasiones podemos
llegar a intimar más que con personas de nuestro entorno
habitual con las que pasamos miles de horas de nuestra cotidianeidad.
Lancha "Viajera"
Con el mero trámite de desembarcar en la orilla peruana podemos
adentrarnos un poquito en otro país sin necesidad de pasaportes,
visados, ni control militar o policial alguno, sin que nuestros
cuerpos ni modestos equipajes tengan que ser escaneados, registrados
y tenidos por potenciales delincuentes capaces de las más
monstruosas fechorías. ¡Qué hermoso recuerdo
de un mundo que una vez no tuvo fronteras! ¡Qué añoranza
de lo perdido!
Foto "de familia" en Perú.
Ante nosotros tenemos un par de horitas de paseo
por los senderos de una selva húmeda, caliente y a veces
repleta de esos animalitos verdaderamente salvajes capaces que causar
los más serios inconvenientes al viajero y responsables de
la transmisión de enfermedades mortales a tantos millones
de desheredados del planeta: los mosquitos. Como la malaria y el
dengue son enfermedades de pobres, parece que sólo el interés
de los ejércitos por evitar bajas en sus filas cuando andan
invadiendo el país de turno parece abrir alguna posibilidad
a la búsqueda de alguna prevención eficaz de tan mortales
enfermedades.
Animal salvaje
La vegetación lo ocupa todo. Nuevamente
tenemos la fortuna de contar como guía con Elvis que nos
va explicando con la sencillez de quien entiende verdaderamente
lo que explica la compleja trama que se organiza entre animales,
plantas, tierras y agua. Así aprendemos como animales y plantas
desarrollan mecanismos ingeniosísimos para tratar de sobrevivir
en un medio en el que la luz, tan escasa en la selva juega un papel
trascendental.
Mecanismo de defensa de una planta
En la reserva Marasha, en unas construcciones,
como es costumbre por aquí debido a las crecidas del río
que ocasionan unos cambios del nivel de las aguas muy importantes,
las construcciones son de tipo palafítico para poder adaptarse
a esos cambios de altura de las aguas. Aquí tenemos oportunidad
de ver al roedor más grande del mundo, el simpático
y sociable chigüiro y aves diversas, desde loros o papagayos
a la llamada pava hedionda.
La Victoria Regia, el loto más grande del mundo
Tras comer en el albergue damos un paseo en botes
de remos por el lago en cuya orilla se alza. Un fuerte calor, la
digestión y el turnarse a los remos hacen que algunos no
disfruten excesivamente del paseo, en que tenemos oportunidad de
contemplar la Victoria Regia, que no es ninguna clase de serpiente
sino el loto más grande del mundo.
Remando con paraguas
Un breve descanso en las hamacas del albergue nos
sirve para emprender la marcha de vuelta con más fuerzas.
La presencia de mosquitos nos hace redoblar nuestros esfuerzos de
protección física, mangas largas y cobertura de todo
lo que se puede del cuerpo y "sulfatado", que es como
hemos dado en llamar a la aplicación de repelente de insectos,
por todas las partes expuestas. Operaciones siempre inútiles
para algunos que no podemos evitar ser picados por más precauciones
que adoptemos, mientras otros parecen ser invisibles para estos
pequeños espadachines aéreos. De todos modos las medidas
precautorias reducen grandemente las picaduras y con ello los riesgos
que conllevan, al menos eso es lo que dice la estadística.
El autor protegido al máximo contra los mosquitos
Nuestro desembarco en Leticia coincide con la puesta
de sol que disfrutamos como se disfruta de las cosas hermosas de
veras, que no por muchas vistas cansan ni a nadie se le ocurre opinar
que no sean sin duda hermosas.
Puesta de sol en Leticia
Para cerrar la jornada nos vamos a "La cabaña
del Tío TOM", un curioso y céntrico lugar de
Leticia que parece hacer las veces de discreto club de alterne y
decentísima cervecería. Uno de esos sitios en los
que las dos cosas a la vez son posibles, como en India.
La cabaña del Tío Tom
Tras un infructuoso intento de negociar con el hotel
una ampliación de nuestra estancia a un precio razonable,
pretendían cobrarnos por una noche más una cantidad
aún mayor que lo que pagamos por las tres noches y eso después
de aplicarnos ¡un descuento!, nuestros días amazónicos
estaban contados. El cambio de fecha con el billete aéreo
no presentaba curiosamente ningún problema a pesar de corresponder
supuestamente a una tarifa de las de "triple NO" (no cambios,
no reembolsos, no endosos) siempre que nos mantuviéramos
en el mismo hotel.
Fábrica de gaseosas de Leticia.
A la mañana siguiente tenemos el tiempo
justo para irnos algunos hasta Brasil. Domingo y yo optamos por
ir pronto y en taxi, forma ésta que parece que se nos va
a convertir en costumbre de tránsito transfonterizo en el
país, ya que hace unos años también usamos
ese mismo medio de transporte para pasar de Brasil a Argentina,
en este caso por Iguazú.
Puerto de Tabatinga en Brasil
Una panorámica del lado brasileño
del Amazonas desde un mirador y un breve paseo por el mercado, que
parece ser lo más interesante de la localidad de día,
parece que por la noche la especialidad local es la diversión,
aunque tampoco es que sea Río de Janeiro, claro, pero sí
más animado que Leticia según nos contó Coque
que estuvo la noche anterior de rumba por ambos países. Hay
que volver a señalar el gusto que da el poder pasar libremente
de un país a otro y la curiosa sensación de cambiar
de lengua al avanzar unos metros en la misma avenida que comparten
Colombia y Brasil entre Leticia y Tabatinga.
Los barcos brasileños que remontan el Amazonas en Tabatinga.
A la hora prevista, tampoco es tan difícil siendo el único
vuelo de vuelta, salimos con dirección a Bogotá pero
por razones meteorológicas y falta de combustible de nuestro
avión tenemos que aterrizar en el aeropuerto de Palmira,
que es el que sirve a la ciudad de Cali, para repostar y esperar
a que se descongestione el aeropuerto de Bogotá al que llegamos
con un poco de retraso pero sin novedad.