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VIAJE A COLOMBIA (QUINTA ENTREGA): SANTA MARTA

El domingo día quince volvemos a tomar un avión, esta vez con destino al aeropuerto de Santa Marta. En poco más de una hora estamos de nuevo en el Caribe y nos reencontramos con el calor y la humedad.

El mar en El Rodadero al atardecer.
El mar en El Rodadero al atardecer.

Una breve negociación a la salida del aeropuerto y ya tenemos un miniván que nos dejará en el edificio del apartamento que hemos reservado por teléfono gracias de nuevo a los buenos oficios de Edwin que se ha encargado incluso de hacernos el ingreso bancario mientras estábamos en la Amazonia del adelanto que solicitaba el dueño.

Inicialmente habíamos pensado en alojarnos en Santa Marta, pero tras las informaciones de nuestros amigos colombianos decidimos que sería mejor hacerlo en la localidad de El Rodadero, que está pegada a Santa Marta y con la que hay conexión constante por medio de busetas muy económicas y taxis también muy accesibles. La decisión fue claramente muy acertada, ya que Santa Marta nos pareció un lugar con poco atractivo, peor playa y muchísimo menos ambiente y opciones de alojamiento, restauración y ocio.

El Rodadero
El Rodadero

El apartamento estaba literalmente en primera línea de playa en un undécimo piso con excelentes vistas. Si Cartagena es a Colombia lo que Marbella, El Rodadero es una especie de Benidorm, salvando las distancias, que no son pocas, afortunadamente para Colombia a pesar de los mastodónticos edificios de apartamentos que ambas hay. Se trata de un lugar de veraneo popular entre los colombianos que pueden permitírselo, muchos más de los que pueden hacerlo en Cartagena debido a los precios.

La playa de El Rodadero
La playa de El Rodadero desde nuestro apartamento.

Como era puente, pues en Colombia hay optado por considerar festivo el lunes 16, como en España lo fue el 12 con motivo del día de la Hispanidad por cierto, había un ambiente enorme en el lugar. Miles de colombianos habían ido a pasar ese puente allí y por todas partes había rumba permanente.

Nuestro apartamento era modesto pero digno, aunque carecía de agua caliente y de cebolleta en la ducha, que se ganó el sobrenombre de "el chorrito" tanto por nuestra parte como a la vez pero independientemente por la de unos argentinos con los que coincidimos en algunas visitas al Parque Nacional Tayrona que también se alojaban en el mismo condominio, como llaman a la torre, pues los colombianos parece que tienen un gusto especial por el agua a chorro de la ducha y quitan las cebolletas que a nosotros, y a los argentinos, nos parecían más agradables. En todo caso el precio es nuevamente muy asequible y el dueño, el simpático y joven Luis (datos de contacto en la sección reservada a los socios como de costumbre con lo más práctico), hizo cuanto estuvo en su mano para hacer nuestra estancia más agradable y nos facilitó informaciones y contactos de mucha utilidad, así que se convierte en otro recomendado por méritos propios, como casi todo el mundo que nos ha atendido en Colombia, donde lo no recomendado es verdaderamente excepcional.

La rumba en la playa dura todo el día y buena parte de la noche. Familias enteras y grupos de amigos se reúnen en ella a beber, bailar, comer y cantar con el apoyo de agrupaciones musicales varias, que van desde un cantante con su guitarra a todo un conjunto de ocho o más músicos con todo tipo de instrumentos, que por una cantidad modesta cantan y tocan para el grupo que los contrata.

Rumba nocturna en la playa
Rumba nocturna en la playa de El Rodadero

El ambiente es extraordinario, la rumba popular más festiva y tranquila que hayamos visto ninguno de nosotros en parte alguna. Repasamos nuestros recuerdos más tropicales y marchosos, desde los de otras orillas del Caribe hasta las playas de Brasil y ninguno habíamos visto nunca una cosa semejante. La gente se junta sin distingos de edades en grupos más o menos grandes y celebra a su manera la fiesta. Abuelas y nietas bailan juntas y beben sus buenos tragitos de ron mientras algunas parejas se acarician sobre la arena o los niños hacen castillos hasta la madrugada, y todo sin el más mínimo incidente y sin que nadie agreda o moleste al vecino ni se sienta agredido o molestado por la conducta de los demás, todo un ejemplo de convivencia sin violencia en este país supuestamente tan peligroso y violento al que tantos estados desaconsejan viajar. ¡Menos mal que nos les hemos hecho ningún caso!


Vídeo de rumba nocturna en la playa de El Rodadero


Por la noche cenamos pescado y luego nos vamos de rumba a una discoteca local que está hasta los topes y que nos había recomendado Luis como buen sitio para música local. Al principio parecía apuntar a lo que nos apetecía, vallenato, cumbia y champeta, pero pronto el reggaeton y otros ritmos más anglos que latinos se fueron apoderando de las pistas, aunque a los presentes, muy mayoritariamente parejas y algunos grupos mixtos de amigos, pensamos que todos colombianos salvo nosotros, parecía importarles más bien poco lo que pincharan porque lo más importante para los más de ellos es bailar bien pegaditos y con el mismo pasito corto, "en la baldosa".

Amanece el lunes tras haber llovido fuertemente por la noche a lo que parece algo cubierto pero con ese calor pegajoso del Caribe que se ve suavizado por una brisa casi constante que hará nuestra estancia en la zona muy agradable desde el punto de vista térmico.

Estatua de Simón Bolívar
Estatua de Simón Bolívar en Sanata Marta.


Tomamos una buseta y nos vamos a Santa Marta, la que tiene tren pero no tiene tranvía que dice la canción. En efecto, no tiene tranvía y el tren es sólo de mercancías. "Si no fuera por la zona, caramba, Santa Marta moriría, caramba", sigue la canción, y no sabemos si la Zona franca es el motor económico del lugar pero, al menos hoy, fiesta, eso sí, la ciudad parece sumida en un letargo sólo roto por los bañistas, tampoco excesivamente abundantes teniendo en cuenta el puente, de la no muy atractiva aunque céntrica playa. Lo poco que queda de la ciudad antigua, primera de las coloniales del país, por cierto, está más del lado de lo meramente viejo que de lo antiguo, así que un paseo, una cerveza y poco más es lo que nos lleva el lugar.

Playa de Santa Marta.
Playa de Santa Marta.

Otra buseta nos conducirá hasta la cala de Taganga, una bonita bahía con una playa llena de chiringuitos que mezclan la salsa con pescado vivo.

 
Vídeo de Taganga

Como atractivo principal para el viajero, además de la susodicha playa, tiene el de ser un importante centro de buceo en el que se puede obtener el PADI, el certificado que permite bucear internacionalmente, por un precio mucho más reducido que en otros lugares. Un cierto airecillo hippie, fomentado seguramente por guías como la Lonely Planet, en el que se mezclan nativos, muchos por el puente, y unos cuantos jovencitos europeos y estadounidenses que parecen juntarse aquí como antes lo hicieron en Goa o Ibiza. Los avispados colombianos han visto el negocio y lo que debió haber sido un mero pueblecito de pescadores puede que vaya camino de convertirse en la nueva meca alternativa del país. Único lugar de toda Colombia donde si se nota la presencia extranjera, aunque tampoco sin exagerar, claro, se trata de algo relativo, no por fortuna nada de masas.

"Colombia es pasión"
"Colombia es pasión" en la palya de Taganga

En Taganga aprovechamos para comer lo que el lugar ofrece: delicioso pescado fresco que va de la las barcas de los pescadores a los chiringuitos de la misma playa. La "carta" consiste en una bandeja con los peces, que más que pescado parecen por lo vivos que se presentan aún, y decidimos comérnosla toda, esto es, pedimos una parrilla con una muestra de las tres o cuatro especies de que disponía el local que elegimos por ser de los menos ruidosos.

Preparando el pescado de nuestra comida.
Preparando el pescado de nuestra comida.

La tarde nos obsequia con otra puesta de sol de la que disfrutamos casi más a través de los visores de nuestras cámaras que de otra cosa, ya que es de esas ocasiones verdaderamente de foto.

Puesta de sol en Taganga
Puesta de sol en Taganga

 


Vídeo del atardecer en Taganga.

Un indio talla en unas pequeñas piedras bustos de otros indios pero de los clásicos de las películas del oeste que ofrece a los visitantes para ganarse la vida mientras sus hijos corretean libremente por la playa.

 
Vídeo de playa cristal en Parque Nacional Tayrona

A nuestra vuelta a El Rodadero el panorama ha cambiado radicalmente, el puente se termina para los colombianos que vuelven a casa, mayoritariamente en coche, y queda semivacío y algo fantasmagórico el lugar.

Panorama de playa cristal

El martes vamos al Parque Nacional Tayrona en una excursión que contratamos en una agencia local del mismo edificio en el que nos alojamos (la oferta es similar en todas partes). Aparentemente se trata de ver varias playas y desde luego se ven, pero estar, salvo una parad mínima para la foto en la Siete olas y lo necesario para embarcar en una lancha (hay que meterse en el agua hasta las rodillas por lo menos para abordarla, así que vete preparado) en la de Nguenge, la cosa consiste en pasar el día en la playa llamada Cristal o de los muertos (por enterramientos tradicionales de los indios en la zona antiguamente, ningún peligro). Se come en un chiringuito muy básico en la misma playa (no se pasan con los precios a pesar de ser la única oferta disponible, aunque lógicamente cobren algo más, sobre todo por la bebida) el lógico pescado fresco con arroz y patacones.

Playa Cristal.
Bahía blanca

Carmen se pilla un dedo entre las maderas de una de las tumbonas que alquilamos y a pesar del feo aspecto que tenía, parecía que había toro el hueso y el dedo estaba casi plano, y el fuerte dolor que le causó, por fortuna la cosa no pasó del susto gracias a que en el chiringuito disponían de hielo que aplicamos inmediatamente y en otro que hacía las veces de tienda-bar tenían mercromina, tiritas y alcohol, que una enfermera caleña que estaba a nuestro lado aplicó rápida y gentilmente a nuestra doliente compañera. Un fuerte calmante que llevo a todas partes para emergencias come ésta completó la tarea y en poco tiempo con brazo en alto para no mojar el dedo lesionado ya estaba de nuevo bañándose. Los "guías" de los dos o tres pequeños grupos que allí estábamos no tenían ningún tipo de botiquín a pesar de estar en zona del parque de difícil acceso para cualquier asistencia médica de urgencia, muy al contrario que en Amazonas, donde allá donde íbamos los guías llevaban un pequeño botiquín aunque sólo provisto de lo necesario para pequeñas curas y exento de medicinas propiamente dichas incluidos los calmantes, así que es más que aconsejable llevar al menos algo del botiquín propio incluso a estas excursiones organizadas.

"Frutería si nos dejan"
Domingo ante el cartel de la "Frutería si nos dejan"

Para acceder al Parque Nacional Tayrona hay que abonar una tasa de entrada y colocarse un brazalete que cambian diariamente de color para controlar que nadie se escaquee.

Parque Nacional Tayrona
Parque Nacional Tayrona

Al día siguiente volvemos a Tayrona con la intención de visitar el lugar llamado Pueblito en el que una familia indígena, de la etnia kogui, cuida por encargo de su comunidad que vive en la sierra de Santa Marta, de los restos del pasado de los indios Tayrona que habitaron el lugar. A las 04.00 de la mañana nos levantamos porque supuestamente vendrá a buscarnos el transporte a las 05.00, aunque por no poder sacar el vehículo su conductor por culpa del propietario, acabamos saliendo a las 05.30 y tras una hora en la furgoneta emprendemos la marcha nosotros cinco y una joven que será nuestra "guía" (imprescindible llevar guía, especialmente para la bajada hacia la costa).

Carmen en el camino a Pueblito.
Carmen en el camino a Pueblito.

Accedemos a la senda que nos llevará en un duro ascenso, por el lugar llamado Calabazos. Las guías dicen que ha habido asaltos y que la zona no es segura, pero nadie nos confirma esos extremos y no hay ningún contratiempo, salvo el del propio ascenso.

Poco antes de llegar a Pueblito hay unas piedras talladas en las que los antiguos indígenas ofrecían a sus dioses sacrificios humanos degollando a la víctima elegida cuya sangre caía por un canal tallado al efecto. Hoy por fortuna no hay más sacrificio que el de nuestros maltrechos cuerpos por la subidita.

Domingo "degollando" a Antonio en el lugar ritual de sacrificios.
Domingo "degollando" a Antonio en el lugar ritual de sacrificios.

En el camino nos encontramos a Manuel, el cabeza de familia que bajaba al pueblo y que recomienda a nuestra "guía", que nos hablaba de los tiempos de los piratas como toda referencia histórica, no ir por "las piedras" porque el camino estaba en muy mal estado, consejo que desoyó cuando encontramos a otros visitantes que le dijeron que no estaba muy mal esa ruta a su juicio.

Una araña en el camino.
Una araña en el camino.

Los noventa minutos de subida y treinta de bajada que habían dicho en la agencia que llevaba llegar a Pueblito se convierten en más del doble. Cuando llegamos a Pueblito las hijas de Manuel, únicas habitantes visibles, se semiesconden de nosotros y sólo una de ellas nos acerca el libro de visitas para que firmemos. Nuestra guía, o mejor mero GPS, nos apura para iniciar la bajada, lo que era el motivo central de la ascensión, el contacto con esta aislada familia indígena y el acercarnos algo más a lo que suponen estos restos de los más antiguas pobladores de la zona en este agreste emplazamiento, se desvanece. El problema es sin duda la falta de formación de la chica y de comprensión de una cultura que ignora y que quizás le parece, como por desgracia parece ser el caso, a algunos colombianos algo simplemente arcaico. Desde luego la necesidad de formación y profesionalización de los implicados en el asunto es grande, pues es una pena que ni los indígenas se beneficien de las visitas y que los visitantes se vean obligados a desaprovechar la posibilidad de un contacto con los koguis.

Niña kogui en Pueblito
Niña kogui en Pueblito

Si la subida fue dura la bajada fue épica. El descenso, por el camino desaconsejado por Manuel, lo hicimos por una antigua ruta prehispánica de piedras resbaladizas que en ocasiones se asoman al vacío y nos vemos obligados a emplear rudimentarias e improvisadas medidas de seguridad, ya que ni el camino está preparado para eso ni la guía trae ningún tipo de medio de seguridad, ni una cuerda ni arneses de seguridad ni nada por el estilo. Así que entre caídas, afortunadamente sin excesivas consecuencias, aunque alguna pudo haber ocasionado algo más que un susto, conseguimos llegar hasta la playa de San Juan de Guía.

Bajando por "las pierdras" de Pueblito.
Bajando por "las pierdras" de Pueblito.

Este camino indígena está plagado además de piedras móviles que servían como elemento de aviso ante la presencia de invasores, y que ahora sirven de trampa para el viajero. Pensar en los conquistadores que llegaron hasta aquí con sus armas y pertrechos es pensar que el delirio que la fiebre del oro hubo de ser su impulso. Como decía María Ángeles, "ni por todo el oro del mundo vuelvo yo por este camino".

Salvando dificultades.
Salvando dificultades.

En estas playas, pues hay varias seguidas, de San Juan de la Guía hay un camping y pequeño alojamiento básico con servicio de bar y restaurante donde comemos tras descansar y darnos un baño en las que coincidimos todos en considerar las playas más bonitas de todas las que habíamos visto en el país.

Playa de San Juan de la Guía.
Playa de San Juan de la Guía.

En el lugar había unos cuantos viajeros y un aire de nuevo bastante similar al que se respiraba en Taganga, aunque con menos europeos o estadounidenses. También había una cantidad considerable de peligrosos mosquitos (la última epidemia de fiebre amarilla, vacuna obligatoria en todo el Parque Nacional Tayrona, causó más de mil muertos entre los indígenas en la zona), aunque nadie se ocupó de pedirnos el certificado de vacunación en ninguna de nuestras excursiones por el parque.

A las 15.30 comenzamos junto con parte de la gente que había allí, entre ellos los argentinos de un equipo de natación con los que ya habíamos coincidido el día anterior, el camino de vuelta, ahora por la ruta de la costa, que es prácticamente llano y muy asequible para cualquiera, además hay caballerías disponibles en la entrada del parque para poder venir hasta aquí. El único inconveniente en este caso fue la tormenta que se desató y nos acompañó durante todo el camino, lo que hizo que se convirtiera en un lodazal en el que se hundía el calzado y resultaba difícil avanzar en ocasiones, así que entre caídas y bien remojados conseguimos llegar, tras pasar a toda prisa otras playas bonitas como las de Arrecife, La piscina y Cañaveral, a la carretera en la que nos esperaban las busetas que nos llevarían de vuelta a El Rodadero a las 18.30.

Como aviso de caminantes insistimos en la conveniencia de asegurase de los conocimientos y formación del guía que se lleve y de que porte material de seguridad adecuado incluyendo un botiquín (un rescate en la zona no queremos ni pensar en lo que puede suponer) y no hacer el camino si no se está en excelente forma física. Pueblito merece sin duda una visita sosegada y el esfuerzo de llegar hasta allí, pero hay que saber lo que supone. Entre nosotros hay montañeros y escaladores y sabemos bien de lo que hablamos, así que no prestes crédito a ninguna agencia que te diga que es un paseo y que lo puede hacer cualquiera.

Cartel
Cartel

A nuestra llegada, tras la contradictoriamente anhelada ducha (agua fría), una cena rápida y a la cama a reponer fuerzas.

De vuelta
De vuelta

A la mañana siguiente habíamos pensado en hacer una salida en barca y visitar el acuario, pero el mal tiempo obligó a suspender el servicio de lanchas y por ello acabamos dedicándonos a haraganear y tomarnos las cosas con calma, al "hangear" que se nos ha hecho costumbre decir desde nuestro viaje a India cuando aprendimos el término en el relato de un simpático viajero español que lo había recogido y españolizado a su vez de un circunstancial compañero de viaje británico (del argot inglés "to hang out"= pasar el tiempo sin hacer nada de particular).

A menudo tendemos a tratar de hacer muchas cosas cuando viajamos en una especie de intento de "aprovechar el tiempo" y nos permitimos el lujo de tomarnos las cosas con calma y dejarlo pasar sin ocupación ninguna predeterminada. Pequeños o grandes placeres que se pierden.

Entre cerveza y cerveza charlamos de muchas cosas y entre ellas obviamente del país en el que ya llevamos unas semanas y al que llevábamos meses dedicados antes a tratar de acercarnos a través de las charlas con gente que había estado viviendo en él, de la lectura de libros y sobre todo de la prensa local por Internet, lo que hacía que los colombianos se asombraran de lo al día que estábamos hasta de nimiedades locales.

Los graves problemas de violencia, entre militares, guerrillas y paramilitares, más la mera delincuencia y el narcotráfico, tan unido todo ello y difícil de distinguir y la intervención estadounidense (Colombia es el primer receptor del mundo de dólares de la "ayuda" americana, más propiamente estadounidense) en todo ello, suponen además de principalmente un sufrimiento para la población local, para el colombiano de a pie que trata de sobrevivir como puede en medio de ese escenario (y ojalá fuéramos capaces los europeos de entender que la inmensa mayoría de colombianos que vienen a nuestra aparentemente tranquila Europa lo hacen huyendo de la miseria y la violencia y lo que quieren es trabajar y vivir un poco menos mal y que no son delincuentes), un problema para el viajero, que ha de estar muy atento a la situación, siempre cambiante, pues aunque en este octubre de 2006 en que decidimos ir porque pensábamos, y parece que acertadamente, que era un buen momento desde el punto de vista de la viabilidad de un viaje independiente como el nuestro, las condiciones eran perfectamente aceptables para ello, las cosas pueden cambiar en cualquier momento, y deseamos de todo corazón que si lo hacen sea para beneficio del pueblo colombiano. El debate sobre las perspectivas de cese de la violencia o las implicaciones del narcotráfico ocupó parte de nuestra atención.

Hormigas rojas.
Hormigas rojas.

Volvemos a cenar pescado como despedida, pues las chicas y yo nos marchábamos para Cartagena al día siguiente, en el restaurante de Lucho y acabamos tomando en casa unos roncitos antes de acostarnos.

El viernes día 20 Domingo y Antonio nos acompañan, junto con Luis que nos lleva las maletas en su coche, a la terminal de transportes Marsol en la que tomaremos una buseta para Cartagena María Ángeles, Carmen y yo.

Cartagena al atardecer
Cartagena al atardecer

En el trayecto nos ponen una película sobre secuestros en Méjico D.F. que vista en Colombia, sobre todo mientras atravesamos los suburbios de Barranquilla, zona que actualmente está especialmente marcada por la delincuencia, resulta particularmente impactante.

Noche en Cartagena
Noche en Cartagena

A nuestra llegada a Cartagena vamos a un hotel del centro histórico que habíamos reservado previamente por teléfono, pues queríamos aprovechar nuestra última noche en Colombia precisamente allí. La suerte quiso que se celebrara esa noche un desfile de preparación o casi celebración del carnaval, no nos dedicamos a averiguar exactamente el motivo de la fiesta, sino más bien a disfrutar de ella, y las calles estaban tomadas por los cartageneros de todas las edades que bailaban, cantaban y disfrutaban.

 
Desfile en Cartagena

Actuaciones musicales en la Plaza de los coches y puestos de comida y bebida en una muestra de lo que como nos dijo un cartagenero era "una muestra auténtica de nuestro folclore y forma de vida" fueron el broche de lujo de nuestro viaje por este desconocido y vilipendiado país cuyo pueblo merece lo mejor.

 
La Orquesta caribe interpreta la cumbia "Colombia tierra querida" de Lucho Bermúdez en la fiesta nocturna en la plaza de los coches de Cartagena de Indias.


 

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