|
Reportaje del viaje de AVIMUN
a Indonesia (Java, Islas Célebes y Bali) 2007
Novena y última entrega
Java en solitario. Por Julio Martín (texto
y fotos)
21 DE OCTUBRE DE 2007.-
Hoy comienza mi etapa en solitario, regreso a Java, donde quiero
ver algunos lugares que parecen de interés.
El grupo regresa hoy para España, han sido una buena compañía
en un buen viaje hasta ahora.
Me levanté a las seis de la mañana, ducha y desayuno.
A las 7:15 me subo al primer taxi que pasa. El conductor no habla
palabra en inglés, pero entiende que quiero ir a la estación
de buses, a media hora de distancia por carretera.
Mi destino es Ketapang, una pequeña localidad de Java,
situada al otro lado del estrecho de Bali.
Apenas llevamos un kilómetro y el hombre parece que quiere
poner a prueba mi bastante mejorada paciencia. Salimos a la playa
de Kuta, hay dos carriles en la calzada de sentido único,
y el amigo se sitúa en el que circulan bicis y motos lentamente.
El otro va fluido, me pregunto por qué no lo utiliza, voy
con taxímetro
.No pasa nada, calma Julio me digo. A
mitad de la playa nos topamos con una carrera popular ¡¡
a esas horas!!, un montonazo de gente corriendo por toda la avenida,
cerrando la comitiva, una ambulancia. ¡¡Uf!! Así
con todo, hay espacio para pasar, pero el hombre se empeña
en chupar rueda, hacemos una caravana de la leche.
Montones de pitidos de los de atrás, ya me estoy poniendo
un tanto encendido, le digo educadamente con gestos que pase, es
un estratega, y hace como que intenta pasar y no cabe, hace montón
de aspavientos y teatro para hacerme ver que está disgustado
con este contratiempo, un fenómeno. El tiempo pasa a toda
caña y el bus sale a las 8:00 ¡¡no llego!!.
Ya no aguanto más, subidón, le digo que pase, estoy
enfadado de verdad. Parece que surtió efecto y pasó,
estuve a punto de aplaudir, luego fue a toda leche.
En la estación se me vienen encima un montón de tíos
preguntándome donde voy. No digo nada y me dirijo a las ventanillas,
ni dios en ellas. En estas veo un microbús destartalado con
el cartel de Gilimanuk. Miro alrededor, no veo otro que vaya para
ese lugar. ¿Cuándo sale?, pregunto, ¡ya! me
dicen y me piden un pastón que tras un rápido regateo
queda en la décima parte, aceptaron.
Subo, el equipaje va dentro, a mi lado va una anciana señora
cargada de sacos. Salimos, y a escasos cincuenta metros paramos
a recoger gente. En todos estos buses va una especie de ayudante
que se encarga de recoger gente gritando a viva voz el destino.
Se sube un señor mayor con unos enormes cachivaches de metal,
los mete dentro. Aquello ya comenzaba a parecerse al camarote de
los Hermanos Marx, y no habíamos ni empezado. Veo que a éste
ritmo me pasaré la semana para hacer esta parte, y le pregunto
al conductor que por qué no tira. Pasa a tope de mí.
Como no he pagado aún, me bajo y regreso a la estación,
esta vez lo haré bien. Me dirijo hasta donde veo unos buses
grandes y con un aspecto menos achacoso que los restantes. Hay uno
que sale hacia Ketapang en breve, y me pasa el estrecho en el ferry,
pago 70.000 rupias.
Viajo con gentes del país, la carretera bordea la costa sur
de Bali, un paisaje agradable, playas de arena blanca y palmeras,
todo jalonado por numerosas casas de madera, así los 140
km., unas tres horas de viaje. Como un clavo, a las once estamos
en el puerto de Gilimanuk, embarcando para cruzar el estrecho hacia
Ketapang. Al otro lado veo entre la calima los enormes volcanes,
entre ello el Kawah Ijen que visitaré mañana.

Estrecho de Bali
Ketapang es muy pequeño, decido irme a Banyuwangui. Me subo
en una vanette comunal, la cobradora es una joven, ya torno a ver
los velos cubriendo sus cabezas.

Ketapang.Java
Acabo en un hotelucho de mochileros llamado Kumala, 110.000 rupias
la noche. La recepcionista no habla inglés, "esto va
a ser durillo" me digo, pensando en los siete días que
tengo por delante.
La habitación es cutre, pero es para dormir unas horas. Estoy
cocido de calor y me preparo para una ducha. Sorpresa, no veo ducha,
sí un enorme pilón lleno de agua y un cazo azul de
plástico, tampoco plato de ducha, (en Indonesia suelen ser
así, el agua cae al suelo del baño y se va por un
sumidero), la verdad es que es muy práctico.
Pienso en el cambio de unas horas atrás, estaba en Kuta en
un superhotelazo a todo lujo, me lo tomo con buen humor. Hacía
muchos años que no pasaba por un lugar así, no pasa
nada
No he visto un guiri en toda la jornada, debemos ser
muy pocos por estos lares, otro drástico cambio viniendo
del tumulto de Bali. El tema de tomarme una birra está complicado,
no veo chiringuitos, y los que hay son puestos callejeros, sirven
comida, tengo hambre, pero no me llama tentar esa experiencia.
Doy un paseo, poco de interés, un pequeño mercado
callejero y poco más. Cerca del hotel hay un enorme centro
comercial llamado "Roxy", aquí está la gente
que no vi hasta ahora. Entro y compro una birra, está como
caldo, pero salgo fuera y me la tomo, me vale. Me siento en una
escalinata y contemplo el panorama, que no es otro que el sencillo
culto de lo cotidiano, ver pasar la vida. Esto me reconforta.
Regreso al hotel para cenar algo, pido un arroz nosequé con
huevo frito. Todo perfecto, pero picaba la hostia. Esto es algo
personal, pienso, lo del picante y yo. Guerra perdida.
En fin, me retiro a dormir, tengo que levantarme a las cuatro menos
cuarto para ir al volcán.
He contratado un cuatro por cuatro que me dejará en la falda,
me ha costado 450.000 rupias por doce horas.
22 DE OCTUBRE DE 2007.-
Como era poco el madrugón, me he metido un pequeño
postre. Se me olvidó atrasar una hora el reloj, la que hay
entre Bali y Java, con lo que me levanté a las tres menos
cuarto. Ya decía yo que estaba todo muy oscuro
. Hay
cosas que no cambian soy un desastre. No pasa nada, ya me había
duchado y no tenía ganas de tirarme en la cama y mirándolo
por el lado bueno, más tiempo sin hacer nada.
Para el camino me dieron una bolsa con varios ingredientes metidos
en bolsas de plástico a su vez. Mantequilla y mermelada para
hacerme un sándwich, aproveché las rebanadas de pan
y la mermelada. Escasa ración para lo que me esperaba.

Banyuwangui.Cartel en un parque
Hora y media de coche, llegamos a la falda del volcán, aún
es de noche, que está fresca, pero no pienso llevar más
ropa, pues va a hacer sol y no quiero cargar con lo que luego será
un estorbo.
Me dicen que a buen ritmo llegaré arriba en hora y media.
Yo me lo pienso tomar con calma, la subida es constante y pronunciada.
A los pocos minutos ya no tenía frío y el sol comenzaba
a despuntar entre los picos.
Tras media hora de subida, me encuentro al primer porteador de azufre,
bajaba en penumbra con una enorme carga de piedras amarillas distribuidas
en dos cestos apoyados sobre los hombros mediante un palo flexible
que equilibra la carga.

Porteador de azufre
Otra hora y media hora más, y llego a un lugar sacado de
esas pelis del Far West en la época de la fiebre del oro.
Unos tísicos barracones de madera donde hacían el
pesaje del azufre que bajaban desde el cráter.
Una enorme balanza tipo romana y una libreta con los nombres y kilos,
donde un afable hombre apuntaba. Imagino que al final de la jornada
se haría cómputo total y se les pagaría, una
pírrica suma en consonancia al inhumano esfuerzo desarrollado.
Había una especie de bar tienda, aproveché para tomar
una enorme jarra de té caliente con mucho azúcar,
energía.

Volcán Kawah Ijen.Pesaje del azufre
Bromeamos un poco, me preguntaron cosas de mi vida y tras quince
minutos con ellos, reemprendí la ascensión.

Otro porteador
Apenas un leve reposo en la constante subida y media hora después
cuando el sol ya estaba en plena jornada también, puedo divisar
a la salida de una revuelta del sendero un enorme cráter,
envuelto en una intensa nube, con los gases de ácido sulfúrico
que emanan del fondo. El espectáculo es impresionante, un
profundo cráter con una laguna verde esmeralda de varias
tonalidades. A un lado una enorme mancha de color amarillo y puntos
naranjas, es por donde emanan ácido sulfúrico y azufre
al unísono. Como insignificantes puntos puedo ver las pequeñas
figuras de los hombres que están allá abajo.

Salida del azufre
Ya puedo sentir el picor en ojos y garganta, cuando veo aparecer
entre las rocas a uno de esos hombres que acaba de subir la empinada
caldera con una carga enorme. El hombre no se detiene, pasa a mi
lado resoplando, pero aún tiene la grandeza de levantar la
cabeza y sonreírme.
Qué puedo decir, siento que lo humano sólo está
presente cuando la necesidad anda por medio. Le veo alejarse, y
delante de él, no lejos puedo ver con gran nitidez otros
grandes volcanes, el Ranti, el Pendil y el Raung, todos sobrepasan
los tres mil metros de altura. El Kawah Ijen anda cerca. Todos están
en el Parque Nacional de Baluran, al sur de Java.
Comienzo la bajada, es de vértigo, ya me acerco a las fumarolas,
tanto que llego a estar a escasos metros.
Saco la máscara que compré en Gijón y me la
pongo, pues el viento hace que cambie caprichosamente la nube, y
en una de esas, me he metido una sobredosis y no me va. La sensación
es angustiosa, de ahogo y pican horrores ojos y garganta.
Cómo no, me olvidé en el hotel las gafas protectoras,
no hay manera
.Remedio casero, cierro los ojos cada vez que
el gas viene hacia mí, así todo acabo con ellos como
tomates.
Hay unos diez hombres aquí abajo, y excepto dos que tienen
una primitiva mascarilla, el resto se cubren con un pañuelo.
Ese es todo su equipo de protección. Como un fantasma, aparece
entre la densa nube sulfurosa un hombre, tiene el rostro cubierto
de una especie de escarcha, es azufre, los ojos completamente rojos.

Trabajador y su equipamiento
Me ve con la máscara, y lo primero que me dice es que si
se la doy. Le digo que sí, cuando me vaya.
El resto cuando perciben mi presencia, vienen a pedírmela
también, les digo que ya se la he ofrecido a otro compañero,
no hay ni un atisbo de un mal gesto, y como me ven con una bolsa.-aparte
del equipo de fotografía.- me piden agua, saco de ella una
botella de medio litro y un paquete de galletas que compré
en el bar-tienda, les ofrezco unas cuantas, y veo que las devoran
en un plis plás, les doy el paquete entero.
Tienen la misma sana curiosidad por saber de mi vida, imagino que
es una forma de soñar, de escapar, pues suponen que será
mejor que la suya. Yo sé que es así en solo una cosa,
en lo material, nada más.
Preguntan de donde soy, en qué trabajo, por mi mujer, y si
tengo hijos. A nuestra manera nos entendemos, bromeamos, sobre todo
ellos, uno de ellos se baja los pantalones, y se queda con los argumentos
al aire, me dice que le haga una foto, el resto se parten de risa,
le hago la foto y cuando la ven, se tiran por los suelos. Estaban
tan animados, que dos de ellos quisieron bajarme los pantalones,
querían comparar. Me escurrí como una anguila.

Tomándose un respiro
Me siendo en una zona desde la cual puedo verles trabajar, así
pasé con ellos unas dos horas, hasta que llega el momento
de irme. Le entrego la máscara al hombre que me la pidió
y tomo el camino de vuelta.
Subo pletórico, no sé si las fotos me saldrán
bien o no, no me importa. Quería venir aquí, a ver
este maravilloso lugar, me voy con la agradable sensación
de haber vivido una experiencia única, realmente más
de lo que esperaba. Paso de nuevo por el lugar de peaje, y me tomo
otro tanque de té, ya empiezo a ver algún turista.
Ahora hace calor y llegan reventados, he visto pocos, el lugar es
duro.
A las 11:30 esto en la base, regresamos a Banyubangui, cambio moneda,
estoy a cero y decido irme de este lugar.
Me dirijo a Probolinggo, un pueblecito de la costa norte, a cinco
horas de bus de aquí, me acerco a Surabaya.
Pequeña odisea para coger el bus. Subo en uno que está
lleno de gente, con sus bártulos dentro, es difícil
moverse. Sólo hay un asiento libre, los otros dos los ocupan
una señora con su hijo en el regazo, los buses en Java llevan
tres asientos en un lado y dos en el otro, todo muy apretado, es
un chaval de unos quince años, padece una enfermedad psíquica.
Ocupa una buen parte de mi asiento. Falta media hora para la salida,
me lo pienso y decido buscar otra alternativa. Recorro la estación,
nadie habla inglés, al fin aparece uno con quien me puedo
explicar levemente. Me dice que a las dos y media sale un exprés.
Perfecto, voy al bus a por la maleta. Susto!! El bus no está
y la maleta no la veo. Los horarios aquí son algo aleatorios,
el bus se llena y se larga. Susto pasajero, la dejaron en el andén
y un chaval la dejó al lado de un puesto de comida. Supongo
que soy un tío con suerte, al menos ese día. Se lo
agradecí con un refresco, qué menos.
El exprés no llegó y viajé en un económico.
Llegué a Probolinggo a las nueve de la noche. Unos minutos
antes le pregunté al cobrador, por señas, cuánto
faltaba para llegar, me dice que dos horas, señalándome
el reloj del bus, pero que primero vamos a una terminal para cambiar
de bus.

Probolinggo.Gente
Una vez en ella bajo y pregunto por el bus a Probolinggo, me dicen
que estoy en Probolinggo. No entienden inglés y me fío
de lo que me dijo el tío del bus. Me mosqueo y les digo que
no, que éste no es tal sitio, que sí, que no. Todo
dios doblándose de risa, yo cada vez más caliente,
tal es así, que me fui a por dos tíos. Quedaron de
piedra. Viene un hombre de una agencia y me dice que estoy en Probolinggo.
Tierra trágame, qué metedura de pata. Me consigue
un hotel para dos noches y el billete para Surabaya en el bus de
pasado mañana.
El hotel está bien, hay mosquitos, es la primera vez que
he de fumigarme.
23 DE OCTUBRE DE 2007.-
A las siete de la mañana ya estoy tirado en la calle. Cercano
al hotel hay un bullicioso mercado, la mayoría de los puestos
están en su interior, es bastante oscuro.

Mercado de Problinggo
Como es habitual, la gente al verme con la cámara, me pide
"foto". Es una paradoja, pero quisiera hacerles alguna
"robada", para así tener expresión natural,
sin posar. Es muy difícil, pues si te ven posan y si no te
ven, les avisan los de otros puestos. Lo que más les divierte
es verse, se parten de risa, tengo la sensación de que muchos
no se han visto jamás en una cámara.
Recorro tranquilamente cada rincón de éste lugar,
y a pesar de ser un tanto de lo mismo, los mercados así son,
siempre espero una sorpresa, un rincón especial, un rostro,
algo.
Sigo caminando, y por un estrecho callejón me llega una enorme
algarabía, eran los críos de un colegio. El cuerpo
me pide marcha, y me meto para allá cámara en ristre.
Al fondo veo a un grupo de niños y niñas uniformados,
pantalón/falda granate y camisa blanca, que en cuanto me
ven se me echan encima, cómo no, pidiendo foto.
Todo esto es un griterío tremendo, lo que hizo que una de
las maestras saliese del aula. Iba con un uniforme de color gris
y tocada la cabeza con velo del mismo color. Sonriéndome
me invitó a pasar, se mostró muy interesada por mi
vida en general. Después de escucharme de dijo que en éste
colegio había profesoras a las que les gustaría irse
conmigo para mi país. Uno no está acostumbrado a este
tipo de halagos. Recogí elegantemente y agradecido el guante
que me lanzó y le respondí que me sentía muy
feliz, que tal vez un día
Todo esto en medio de un motín general, la chavalería
estaba exaltada, aparte de la caña que les había metido
anteriormente, bailes, carreras, etc. Les basta con poco para liarla.
Conseguí que se pusieran en el fondo del aula posando con
las maestras, el resto rodeándome y gritando.

Parte de la chavaleria y sus maestras
Salgo de ésta jaula de grillos y me voy a las aulas de los
mayores. La puerta está cerrada, es metálica. Varios
chavales quedaron fuera, ahora la aporrean con saña, quieren
entrar porque tienen ganas de ver la marejada que se va a montar
dentro a continuación. Abre una profesora ya mayor, gesto
serio. Le pido permiso para hacer unas fotos. No parece muy de su
agrado, pero me invita a pasar.
Sodoma y Gomorra!! Qué bronca, apenas pude dar dos pasos,
docenas y docenas, eso sí me refugié en una escalinata,
y desde arriba les jaleé. Fue una gamberrada, me lo pasé
en grande, ellos desatados completamente.

.¿Quien dijo miedo?
Pude entrar a un par de aulas, allí estaban más controlados,
los profes estan mosqueados. Decidí irme, pero en ese momento
la más mayor me dijo que si les podía hacer una foto
a ella y a sus compañeras. ¡Por supuesto!!..... de
locos.
Tomé resuello en un parque en el que había unos chiringuitos,
me abrieron un enorme coco para beber el agua. Me siento en una
mesa con los demás. Una señora me trae una buena jarra
con unas enormes piedras de hielo dentro. Le digo que sin hielo,
no vaya a ser que me pase unas cuantas jornadas sentado en el "Toto",
que es la versión Indonesa del "Roca" en España.

Chiringuitos en un parque
A uno de los hombres que está a mi lado, le pregunto por
el puerto pesquero, cerca, me dice, cinco kilómetros, me
lleva en su moto por diez mil rupias: ¡Hecho!.

Tunero local
Un paseo por el puerto, a lo lejos veo una isla, me pregunto qué
habrá allí.
Alguien leyó mi pensamiento, pues al momento se me acercó
un pescador ofreciéndose a llevarme por quince mil rupias.
¡Vale! Subí al barco, en él ya estaban cuatro
mujeres y un par de crías, gente de la isla que regresaban
a sus casas con mercancías del mercado en enormes sacos.
Media hora de travesía y a lo lejos percibo las primeras
casas, y cómo no, dos mezquitas, en un lugar tan pequeño.

Isla de Guili
Me bajo y el lugar es espléndido, el mar de varios tonos
de azul turquesa. Playa de fina arena blanca, barcos de pesca de
increíbles colores y formas y un montón de niños
bañándose desnudos.
No acabo de pisar el lugar, y ya tengo un montón de socios
en el paseo por la orilla. Todo el mundo sonríe y saludan
y por supuesto piden "foto".

El "Petit Comité"a remojo
Son gentes muy humildes, viven en sus casas de madera a pie de
playa. Los mayores reparan los aparejos en la orilla o a bordo de
sus barcas. Su vida es el mar. Mientras, las cabras están
por la orilla, no sé que comerán, pero cuando haya
hambre

Un regalo
Continúo acompañado del alegre séquito, tienen
unas ganas enormes de ver lo que hago, están divertidamente
a la expectativa. Me desconecto de la cámara y me pongo a
bailar al son del "Don't worry, be happy". Y con el estribillo
hago unos divertidos pasos de baile. Se destornillan de risa, los
invito a seguir el ritmo, se apuntan sin dudar.
Y en estas llegamos a una zona rocosa, yo quería ir a mi
aire y ellos iban descalzos, no era posible continuar juntos, a
mi me vino como dios, ya me tenían loco. Les reuní
a todos y les hice unas fotos, ya desde lejos les dije adiós
con la mano. No quedaron traumatizados por mi marcha, al poco me
volví a mirar atrás, ya estaban correteando por la
orilla alegremente de nuevo.
De
pesca
La marea estaba baja, caminé por la orilla rocosa, hay menos
gente, únicamente me encuentro con unas señoras que
agachadas sobre el pedrero recolectan algún tipo de marisco.
Un tramo mas allá veo barcos varados, y jugando en ellos
más críos, estos parecen más calmados, bien,
saludan y sonríen pero siguen a su aire.

Un anciano pescador
Puedo ver como las mujeres se bañan en la orilla, debe ser
la hora del aseo personal, lo hacen con esmero y delicadeza. Siempre
ocultando su torso desnudo bajo el agua, con una sutil delicadeza.
Están apartadas del resto, entre barcos protectores de su
intimidad.

Después del baño
Durante tres horas prosigo el paseo, hasta que llego de nuevo a
una zona en la reaparece la blanca y fina arena.

La orilla rocosa
Hay dos chavales pescando, el agua tiene una pinta estupenda, estoy
cocido y me muero por pegarme un baño. No traje bañador,
pero eso no es problema y hago como los críos de este lugar,
me basta mi piel para tal menester. A mis compañeros de playa
no pareció molestarles en absoluto. El agua estaba como caldo,
pero me supo a gloria en medio de este, como dice un colega mío,
verenjel.

Despedida de mis buenos anfitriones
Prosigo el paseo por la orilla, llego al lugar de partida, el embarcadero.
Está repleto de gente esperando el barco de regreso. Estoy
con ellos, les hago fotos, bromeamos y un rato después subimos
al barco que nos devolvió a Probolinggo.
Una vez en el puerto puedo ver que hay un montonazo de gente, están
llegando los barcos de pesca con sus capturas, cientos de personas
apiñadas a lo largo del malecón. Descargan enormes
cestas de pescado que pesan nada más tocar tierra. Para ello
utilizan una enorme balanza, tipo romana, que sujetan mediante un
grueso bambú dos robustos jóvenes. Allí mismo
se hacen los negocios, y el pescado se carga en destartaladas camionetas
rumbo a los mercados.

Puerto pesquero de Probolinggo.Pesando el pescado
Los barcos son preciosos y con unos llamativos colores, hay muchos.
También pude ver a un lado del muelle otro barco que estaba
siendo cargado de un mineral negro. Varios hombres con ropas raídas
o en calzones cortos, cargaban sobre sus hombros enormes cestas
de mineral, pasaban por una estrecha pasarela y arrojaban el mineral
en la bodega. Un trabajo duro, lo que no es impide saludar sonrientes
hacia la cámara. El sol se ha ocultado y el bullicio se calma,
entonces decido regresar al pueblo y me subo en un ciclo, no lo
había hecho en todo el viaje, me deja cerca del hotel.
Tengo sed, me gustaría tomarme una birra, camino por los
alrededores y nada. En la recepción del hotel le pregunto
a la chica que si me puede conseguir una, manda a un chaval en moto
a buscarla, al poco me la trae, está caliente, pero se lo
agradezco y me la bebo, es cosa de acostumbrarse, no está
mal.
Lo que no falla es el canto del muecín o como los bautizaron
simpáticamente las chicas del grupo "Los cantores de
Hispalis".
Este lugar es pequeño, pero tienen un volumen tremendo, no
queda otra opción, escucharlos o escucharlos. Es la Kiss
FM de Indonesia, eso sí, me parece que sólo ponen
el número uno de la lista.
Por cierto, el nombre de la isla que visité hoy es Guili.
Merece la pena acercarse hasta ella si alguien cae por estos lugares.
La ropa que llevé al Kawah Ijen, a pesar de haberla lavado
a conciencia sigue desprendiendo un fuerte olor a azufre, parece
que haya venido del infierno.Nada parecido al leve aroma de la hierba
recién cortada, me trae buenos recuerdos. Y es en momentos
cuando uno se llega a sentir eterno.
Pero el universo es una inmensa hoguera, y cada uno, no somos más
que las chispas que saltan de ella. Subimos, damos una vuelta en
el aire, caemos, nos apagamos y fin de la historia.
24 DE OCTUBRE DE 2007.-
Hoy ha sido el día de viaje. A las diez de la mañana
salí hacia Surabaya. El bus cumplió su horario, para
algo se denominaba "Expres". A las dos de la tarde ya
estaba en el aeropuerto, tengo margen, el avión sale a las
15:40.
Facturo la maleta y me voy a un restaurante de la zona de embarque,
me pido un sandwich y un zumo de naranja. A pagar 50.000 rupias.
De aquí embarco, y tras una hora de vuelo llego a Bandung,
ciudad situada en el norte de Java, en el interior. La temperatura
es agradable, estoy a 700 m. de altura.
Pillo un taxi al centro, me dirijo al Hotel Savoy Homana, que según
la guía que llevo está muy bien, y las habitaciones
cuestan entre 50 y 100$. Pretendo negociar, me parece caro. Llego,
es un hotelazo, me parece que estos de la guía se han pasado.
No hay single rooms, sólo quedan suites y me preguntan cuántos
días estaré, dos noches digo. Precio 1.500.000 rupias
por las dos noches. Una barbaridad, 145€ y sin desayuno, que
cuesta 14€ ya que es buffet.
Larga y pertinaz negociación, llegamos a una cifra que ya
me resulta mas aceptable 75€ dos noches y los desayunos incluidos.
No tengo ganas de ponerme a buscar un hotel más económico,
porque preguntaré a un taxista, y me llevará a cualquier
garito en el que tenga comisión. Además me merezco
un homenaje, han sido unos días duros, de mochilero total.
Reconozco que está bien la experiencia, pero en dosis justas.
La habitación es de lujo, enorme, no puedo evitar repetirme
eso de "que despilfarro" cuando veo la cama gigantesca
y los revolcones perdidos. En fin
Estoy escribiendo el diario, escucho a lo lejos una voz. Enseguida
la asocio a los cantores de Híspalis. No, es una especie
de Albano a la indonesa con piano. Un angelito comparado con los
de los minaretes.
25 DE OCTUBRE DE 2007.-
Hoy me metí un desayuno como para aguantar una larga huelga
de hambre. Ya tenía ganas, me tiré media hora sin
respirar. Y como me dijeron desde pequeñito que mientras
se come no se habla
, tampoco tengo con quién.
Esta ciudad es un caos total, es enorme. He decidido irme a ver
los alrededores.
Media hora caminando, y me topo de lleno con una plaza donde había
infinidad de furgonetas comunales para el transporte de gente. Pregunté
por el precio para ir a hacer un tour por varios lugares, el volcán
Tangkuban Perahu, a treinta km., luego al pueblo de Lembang con
su mercado de flores y verduras y por último a Cister, una
zona de aguas termales y cultivos de té.

Cráter del volcán Tangkuman Perahu
Regato de rigor que al final quedó en 300.000 rupias, unos
26€. El día está gris y algo lluvioso, nada lucido
para la excursión. Llegamos al volcán, a la misma
boca del cráter, enorme y con unas débiles fumarolas
surgiendo del fondo, es una zona muy turística, llena de
tenderetes con souvenirs. No hay turistas occidentales, aún
no he visto ninguno en días, si japoneses, en pelotón
y armados hasta los dientes de cámaras digitales. No deja
de chocarme que en el país de las supercámaras, no
les vea con alguna tipo reflex. Al contrario, son pequeñísimas,
eso sí, las exprimen al máximo. Doy una pequeña
vuelta por el contorno del cráter, hago unas cuantas fotos
y me dirijo a una zona de geisers que se alzan tras media hora de
bajada por la ladera el volcán. En este lugar me encuentro
un montón de chavalería, deben ser estudiantes de
algún instituto, hay un profesor explicando, tres atendiendo
y treinta a su aire.

Grupo de estudiantes en la ladera del volcán
Doy una vuelta por el lugar, es diferente, interesante. Hay varias
salidas de agua hirviendo, y numerosas salidas de gases sulfurosos
que le dan a la roca un color verde amarillento, resulta un lugar
bonito.
No sé como me las he apañado, pero perdí el
sombrero. Menos mal que el viaje toca a su fin.
Siguiente etapa en Cister, una especie de parque acuático,
balneario, está bastante bien. Meto los pies en un pequeño
arroyo, el agua está para cocer garbanzos, dios como quemaba.
Intento aguantar, hay unas tías observándome, intento
hacerme el duro, pero la empresa no merece tal sacrificio. Lo más
cantoso es que unos metros más arriba había un hombre
con los pies metidos hasta las rodillas, ni pestañeaba el
tío, se supone que allí el agua iba aún más
caliente. Me entra un cierto complejo de tirillas.

Salida de gases sulfurosos
En varios lugares más abajo hay grupos de familias bañándose,
las señoras vestidas totalmente, los hombres en camiseta
y gallumbos, los críos unos en bolas y otros en bañador.
Me dan un poco de envidia, pero sólo un poco.

Balneario
Ya en la carretera, bajando comenzamos a ver extensas plantaciones
de té, llovía ligeramente, el cielo estaba bastante
oscuro, pero así y todo el lugar es precioso, campos suavemente
ondulados y de hermosas tonalidades verdes. A lo lejos se podía
distinguir a los trabajadores recolectando.
La lluvia arreció, tanto que era un aguacero tremendo, en
estas llegamos a Lenbang, las calles bajaban formando ríos
de agua, todo estaba muy sucio, basuras y restos del mercado descendían
a raudales por doquier.

Campos de té en Ciater
Decidí no bajar a visitar el mercado y proseguimos a Bandung.
El conductor me dejo en la terminal de autobuses, quería
saber el precio y horas de la salida hacia Ciberon mañana.
Uno cada hora en bus Express, precio 30.000 rupias. De aquí
me marcho hasta la estación de trenes, quiero hacer alguna
foto de gente. La luz es escasa, pues unido al día gris está
la enorme techumbre que arroja más oscuridad si cabe.
Llevo un largo rato caminando, callejeando de aquí para allá,
y en esto que paso por un mercado, compro provisiones, el hambre
aprieta, rompo la huelga de hambre. Plátanos pequeños
y un montón de pastas, con esto mato el hambre, pero es cemento
armado, necesito líquido, o me ahogo.
Suerte, me topo con un restaurante en el que hacían zumos
naturales. Aquí planto mi campamento base. Pido un zumo de
manzana, ni me entero. Uno de naranja en vaso grande, para adentro,
otro más please!!, Ahh
esto ya está mejor, hoy
ya he ventilado el tema gastronómico.
26 DE OCTUBRE DE 2007.-
Traslado en bus a Cirebon, una pequeña localidad pesquera
en la costa norte, a trescientos km. De Yakarta. Fueron unas cuatro
horas de trayecto. El bus se supone que era Express, y que no hacía
paradas. Todo lo contrario, recoge todo lo que se mueve por el camino
y los va repartiendo por todo el trayecto como migas de pan. Ya
estoy acostumbrado y me lo tomo con calma. Llegamos a Cirebon a
las doce, por suerte hicieron parada justo delante del hotel que
había seleccionado en la guía. Se llama Carisma, tiene
buenas vistas y está relativamente céntrico. Apretada
negociación, pedían 550.000 rupias por noche, quedamos
en 600.000 por dos.
Dejé el equipaje y salí a ver el lugar, el calor era
achicharrante, y sin gorro. Me dirijo hacia el centro, en el hotel
me dieron un plano, pretendo acabar en el puerto pesquero, la guía
lo pinta muy bien.

Joven con sus crios
Lo que parecía una tarea sencilla, se convierte en un ir
y venir de un lado para otro. Nadie habla inglés y tampoco
parecen saber interpretar el plano. En estas un hombre con un becak
me dice muy seguro que él sabe ir al puerto. Me llevó
al quinto pino, frente a un hotelucho que se llamaba algo parecido
a Harbour, puerto en inglés. Me cabreo, pero qué le
puedo decir al pobre hombre, pagarle y volver a intentarlo, aunque
la paciencia se me agota.
Hace un calor de justicia, y yo sin gorro. Tengo el melón
para freír un huevo. Acudo al plan b, al primero que veo
con una moto en la acera, le digo que le pago por llevarme al puerto.
Es el método más efectivo y nada caro.
Pero el puerto al que me lleva es industrial, grandes barcos, le
explico que es el de pesca. Ah yes!! Pequeño trayecto en
moto, y en esto aparecemos en unos canales en los que hay unos cuantos
barcos de pesca. Me dice que éste es el puerto pesquero y
se marcha. Me quedo de una pieza, no tiene nada que ver con el de
la foto de la guía, colorista y con mucho trajín.
Esto era una sucesión de canales de pestilentes aguas fecales
estancadas de color gris y negro. Quise irme de allí enseguida,
pero no, me dije. Caminé por toda la zona hasta la desembocadura.
La basura se amontonaba en la orilla de lo que deberían ser
playas por toneladas. Entre ellas varios hombres con sacos se dedicaban
a recoger plásticos que luego almacenaban en el patio de
sus casas de madera.

Puerto de Cirebon
Fue una triste sensación, acabé viendo una cruda
realidad. La gente aquí no se ganaba la vida con la pesca,
lo hacía con las basuras. En medio de toda esta inmundicia
me encontré con unos críos jugueteando ajenos al presente
y futuro robados. El mar sólo les traerá lo que otros
no quieren. No obstante sus sonrisas y el brillo de sus ojos son
todos suyos.

Al lado de la "chocolateada" orilla
Regreso por entre las casas de madera y calles con enormes cloacas
abiertas al aire libre como trincheras. Así es en gran parte
de los lugares que estoy visitando.
La gente es como siempre cálida y simpática, eso elimina
todo el bajón que da el ver este tipo de desigualdades.
Les hago unas cuantas fotos, reímos y luego cada uno prosigue
con lo suyo. Tengo mucha sed, tras una larga caminata, entro en
un centro comercial y compro un brik de zumo de naranja. Continúo
el callejeo y sigo teniendo sed, veo un tenderete callejero con
naranjas. Me siento en una pequeña banqueta de plástico
y pido un vaso de zumo. Le digo a la chica "no ice", sin
hielo. Y para que me comprenda hago gesto de frío y me señalo
la garganta y hago gesto de dolor y toso.
Comprendo que es algo muy difícil para alguien que no tiene
contacto con extranjeros entender lo que quiere decir. Y lo digo
por lo siguiente: Un par de minutos después me trae un gran
vaso de naranjada, me dispongo a cogerlo, y dios cómo quema
el vaso. Me había servido un zumo ardiendo. No pasa nada,
le pagué el zumo y le dije que me pusiera otro, esta vez
como siempre. El hielo lo tiré al suelo y tema solucionado.
La culpa es mía, la lié con tanta mímica.
Caminando hacia el hotel, veo un Pizza Hut, entro como un tiro,
tengo un hambre canina. En la calle no hay más que puestos
callejeros de comida y sigue sin apetecerme. Tengo el olor a fritanga
metido hasta la médula.
Comí unos espaguetis a la Bolognesa y un buen zumo de papaya,
tema solucionado y retirada a mis aposentos a escribir y relajarme.
Hay una enorme mezquita a escasos doscientos metros, pero no tengo
problema, me pongo el mp3 y que canten.
Hoy he visto los dos primeros guiris en los días de trayecto
en solitario. Fue en la pizzería, uno iba solo, y el otro
con una chica del país, los dos llevaban guía. Por
cierto la chica que iba acompañando al guri tenía
un rasgo común que ya he visto en otras tantas de otros diversos
lugares, como Bangkogk, Bali, etc. Es esa expresión en la
mirada un tanto perdida acompañada con su consiguiente dosis
de aburrimiento. Pero hay que ganarse la vida. Algún idiota
va de la mano en plan enamorado
.
No puedo negar que tengo momentos de soledad, y que me gustaría
tener a alguien acompañándome, pero no en ese plan.
Me gusta bromear con estas chicas cuando estoy en su ambiente, pero
me resulta difícil ir a más. Soy un romántico,
otros dirán raro. ¡Vale!
27 DE OCTUBRE DE 2007.-
A primera hora de la mañana me he acercado a la aldea de
Trusmi, a unos seis km. De Cirebon, es donde hacen los mejores batik,
según la guía.
En primer lugar visité una fábrica, donde vi todo
el proceso, muy laborioso por cierto. Pido permiso, no hay problemas,
son amables una vez más. Pude hacer fotos. Hay un montón
de chicos jóvenes separando los dibujos con la cera caliente.
Un poco más allá hay dos chavales jóvenes y
un señor dibujando las telas. En otra parte de la nave dos
hombre más tiñen las telas en varias pilas con distintos
colores.
Los batik de aquí se utilizan como prendas para vestir, son
de una delicadeza y gusto exquisitos, una obra de arte.

Fábrica de batiks en Trusmi
Le digo al señor del tinte que los que busco son para enmarcar,
me indicó el lugar donde encontrarlos, al otro lado del pueblo.
Para allá voy, pero al poco oí un griterío
familiar, ¡un colegio! Tengo ganas de hacer el gamberro, y
que mejores aliados que los chavales. Entré, en pocos segundos
ya estaba todo patas arriba. Carreras, bailoteo, arengas y demás
bromas y unas cuantas fotos. Me fui rápido, el motín
desbordó cualquier cálculo, menos más que en
este lugar las profes eran jóvenes y se lo tomaron bien.
Y llegué a la tienda de batiks, en ella había unas
seis o siete chicas jóvenes sentadas en el suelo trabajando.
Quedan un tanto sorprendidas cuando me ven aparecer por allí.
La primera reacción es reírse de mi cabeza rapada,
es raro ver a un pelón.
Me enseñaron unos cuantos batiks, no es lo que yo esperaba,
nada tienen que ver con los que compré en Yogyakarta, tienen
menos pegada, menos colorido, pero tengo que llevarles algo a la
familia y a los amigos. Compro cuatro en formato vertical, son enormes,
no los hay mas pequeños. Llegó la fase del regateo
y me tocó un hueso duro de roer, empezaron por 600.000 rupias,
yo por 200.000. Tira y afloja, ellas se plantaron en 500.000 y no
se movieron. Ni pestañearon ante mis estrategias, durísimas
las tías, me hicieron morder el polvo. Pero me los llevo,
considero justo el precio, aparte de que la "regateadora"
estaba tremenda. Eso también hizo mella en mí. Y aprovechando
que el Miño pasa por Chipiona, luego en un aparte le dije
que si quedábamos para que me enseñase el pueblo.
Con una inmensa sonrisa me dijo que se iba para casa y me dio las
gracias. Al menos lo intenté. Para regresar a Cireban recurrí
al exitoso método de la moto aparcada. Me trajo hasta el
mismo centro por 10.000 rupias, frente a la mezquita del Sultán
Kasepohan.

Dependientas de la tienda de batiks,felices por haberme desplumado
Entré, me descalcé y di una vuelta, es un lugar fresco
y agradable, con un montón de columnas de madera que sustentan
varios tejados a distintos niveles. Me dejan hacer unas fotos, la
brisa corre, paseo entre los que están orando o meditando,
otros pegándose un siestazo, bien espatarrados en el suelo.

Feligrés meditando en la Mezquita Sultan Kasepohan
Después de dar un paseo por el recinto, salgo y enfrente
hay varios puestos callejeros. Me siento en uno de ellos, tiene
un montón de cocos enormes en el suelo. Pido un jugo, le
pegan unos cuantos machetazos y a beber. Un hombre que está
a mi lado me dice con gestos que esto es muy bueno para mear, se
echa mano al paquete, risas. De aquí me voy al Palacio del
Sultán Kasepohan, todos estos lugares están en una
misma plaza, muy cercanos. El lugar tuvo que ser en su día
de gran lujo, ahora está un tanto destartalado. Es pequeño
y muy acogedor con rincones y jardines con encanto.

Un patio del Palacio Del Sultán de Kasepohan
A la salida retorno al mismo chiringuito a tomarme el agua de otro
coco, esto tiene que ser bueno, me digo. Y a falta de birra
.Estoy
en la ley seca, no las veo ni en publicidad. Menos mal que le dimos
duro en la primera parte del viaje.
Un leve paseo por el mercado, en una de sus calles se mezclan dos
gremios tan dispares como el de los vendedores de pájaros
exóticos, con montones de jaulas, y el de los orfebres que
hacen anillos, unos enormes sellos de plata coronados con unos pedruscos
mayúsculos. Con dos de estas "joyas" en las manos,
me imagino caerme al mar. Me hundo como si llevase unos zapatos
de hormigón. Ahora que lo pienso debía traerme unos
cuantos para regalar.

Un último retoque a los anillos
Tengo hambre, y como tengo muy claro donde no la calmaré,
entro en uno de esos enormes locales yankis de comida rápida,
en el Kentucky FC. Hamburguesa de poco, patatas fritas y zumo de
naranja, 26.000 rupias. Para bajar esta frugal comida, me doy un
paseo hasta la estación del tren, de paso pregunto el horario
de salidas de mañana hacia Yakarta. El último es a
las 15:00, me iré en él, y esperaré media vida
en el aeropuerto.
Llego oscureciendo al hotel, me siento en el salón de la
recepción tomándome un zumo de naranja. Ahora estoy
en la habitación escribiendo el diario. Me pondré
los cascos y a relajar.
28 DE OCTUBRE DE 2007.-
Hoy el viaje toca a su fin, para hacer tiempo, di una vuelta por
el lugar, hasta las tres que sale el tren a Yakarta. Como el sol
pega duro y el melón me cruje como una bolsa de patatas fritas,
opté por meterme en la mezquita del Sultán de Kasepohan,
al fresco.
Al igual que en mi anterior visita, había gente haciendo
cosas tan variadas como orar, meditar, alguna tertulia y dormir
a pierna suelta.
Esta última opción me pareció la más
atractiva, me recosté en una columna, con la mochila del
equipo de fotografía como almohada, y no tardé ni
un minuto en quedarme frito.
No sé el tiempo que llevaría en el séptimo
cielo, pero la bajada fue en caída libre. Rediós que
susto, casi me da un infarto. Era la hora de la llamada a la oración
y el muecín no estaba lejos, ni su potente equipo de sonido.
¿Dónde estoy, quien soy, que hago aquí?, en
esa profunda reflexión estaba, cuando me viene un hombre
y me dice que vaya a rezar con los demás. Como un autómata
le digo que sí y me piro.
Como un tiro me dirijo a los chiringuitos de enfrente, me tomé
un agua de coco, tiene que ser bueno para algo
Para eliminar
la empanada del brusco despertar no, pues me puse a caminar y no
sé cómo terminé en el puerto pesquero, está
en casa dios, al otro lado de donde debía ir.
Tiro del plan de emergencia y llego en moto hasta el hotel. Rápido
duchazo, pago la cuenta y me subo a un ciclo-taxi que me lleva a
la estación del tren.
Aún falta una hora para la salida, pero como estos lugares
me gustan, no me importa esperar. Además es mejor estar con
tiempo, pues lo de los horarios es algo muy aleatorio por aquí.
Ayer saqué el billete en la clase más cara, denominada
"bussines", tengo curiosidad por ver el vagón.

Estacion de tren de Cirebon
La estación está abarrotada de gente, el tren llega
a su hora. Lo de "bussines" es de coña, asientos
de plástico en los que con el calor te quedas pegado, y eso
que contamos con lo último en tecnología. Un ventilador
de aspas colocado en el techo, va repartiendo su exhausta ración
de aire a un lado y otro de los asientos.

Vagón clase bussines
Tres horas de trayecto hasta Yakarta, aún es de día
La ciudad es enorme, a lo lejos puedo ver los espigados rascacielos
típicos de las grandes urbes asiáticas, son edificios
de última generación, con unos bonitos diseños.
Mientras, cercanos a las vías, inmensos bosques de chabolas
y océanos de miseria. La gente vive a escasos metros del
camino de acero, puedo ver la colada secando en el suelo, entre
dos tramos de vía, y montones de críos jugueteando
entre la inmundicia.
Y es que las gentes escapan de las zonas rurales hacia la gran ciudad
en busca de su El Dorado particular, pero no hay para todos, sí
un futuro incierto.
El tren se para, estamos en la estación, que es enorme y
caótica, miles de personas deambulando por ella, no se puede
dar un paso, y menos con el equipaje. Es cuestión de abrirse
paso a empujones, el mismo sistema que utilizaron los locales, práctico
pero agotador.
Así es que llegué a la parada de taxis con una sudada
considerable. Me piden una pasta por llevarme al aeropuerto, y el
caso es que tras preguntar a varios compruebo que la tarifa es la
mísma 200.000 rupias, imposible regatear.
Lo intento de todas formas, y por primera vez en todo el viaje alguien
se encara de muy mala leche conmigo, es uno de los taxistas. Esta
vez el que pasó de todo fui yo, y me las apañé
para dar con uno que iba por libre, me cobró 60.000 rupias.
A las siete de la tarde ya estaba en el aeropuerto, el avión
no despegaría hasta las tres de la madrugada.
Ahora estoy sobrevolando la India, lo sé porque en los monitores
ponen de cuando en cuando la ruta.
Hicimos una escala de dos horas en Singapur, no muy lejos de la
zona de Indochina que visitamos en el 2005. Al mirar el monitor
no puedo dejar de sentir una especie de nostalgia al recordar los
viajes por la India y por Indochina. Siempre me quedarán
los últimos días por Delhi, y una imposible cita en
Hanoi ante unas birras.
No hay manera, a pesar de todo continúo siendo un romántico,
con alguna que otra tentación de asomarme a ese efímero
balcón que es la nostalgia. Pero la nostalgia no es el retorno,
volver es imposible.
Texto y fotos: Julio Martín
Subir
|