El viernes 25 de mayo salimos para Madrid los quince viajeros de
AVIMUN que nos disponíamos a pasar unos días en Berlín
aprovechando un puente local de la ciudad de Oviedo, el único
en el que solemos viajar precisamente por ser solamente fiesta local
y no tener que sufrir los muchos inconvenientes de los viajes en
puentes de ámbito mayor (altos precios, llenos en los sitios,
etc.).
Algunos optaron por pasar parte de la noche, ya que el vuelo salía
a las 06.45 de la madrugada del sábado, en Madrid viajando
con antelación y la mayoría, encima los de la "tercera
edad", nos decidimos a volver a nuestros mejores tiempos de
mochileros paupérrimos y pasamos unas horas en el aeropuerto
mismo. Hay que avisar que en la Terminal 1 de Barajas no había
ni siquiera sillas, al menos en la zona de facturación, por
lo que hubimos de pasar las horas en el puro suelo, al igual que
otros viajeros en nuestra misma situación.
Durmiendo en el aeropuerto.
El vuelo, de bajo coste (desde 64 euros ida y vuelta con todos
los cargos incluidos, gracias a sacar los billetes con la máxima
antelación, en enero) con easyJet salió razonablemente
bien y a las 09.30 estábamos en el aeropuerto de Schöenfeld
de Berlín, uno de los tres de los que dispone la ciudad,
y que se encuentra al sureste. Allí nos estaban esperando
los dos minibases que habíamos contratado para el traslado
por comodidad (se puede ir al centro en tren desde casi el mismo
aeropuerto, pero al ser un grupo la diferencia de precio era pequeña
y por ocho euros por cabeza hicimos los traslados de ida y vuelta
al hotel) y en poco más de media hora estábamos en
el hotel, en la zona este de la ciudad y a poco más de veinte
minutos andando de Alexanderplatz (uno de los centros de Berlín),
así tras instalarnos y asearnos un poco a las 12.00 de la
mañana comenzamos nuestro recorrido por esta muy atractiva
ciudad, salvo nuestra compañera Belén, que por un
problema en la rodilla no pudo alejarse mucho del hotel durante
el viaje.
El grupo cerca del hotel con la torre de la TV al fondo.
Como nuestro hotel estaba muy bien situado, con una estación
de metro y otra de ferrocarril metropolitano (un metro de superficie)
a menos de diez minutos andando, en un momento llegamos a nuestro
primer destino: el Reichstag o Parlamento. Tanto por su valor simbólico
como por la notable cúpula, obra de Norman Foster, que lo
corona y desde la que se divisa una magnífica panorámica
de la ciudad, que al ser totalmente llana y dotada de edificios
de escasa altura en general es visualmente muy accesible desde cualquier
punto medianamente elevado. Además el acceso es gratis, aunque
hubimos de hacer casi una hora de cola al sol y con un bochorno
que nos acompañaría casi todo el viaje, pero la vista
es magnífica y la cúpula muy atractiva y no desentona
en absoluto, a pesar de su modernidad de vidrio y acero, con el
vetusto y restaurado edificio prusiano.
Cúpula del Reichstag.
De allí nos dirigimos al segundo punto típico de
una visita a Berlín: la Puerta de Brandemburgo, que a la
sazón estaba tomada por los aficionados al fútbol,
ya que esa misma tarde se disputaba en la ciudad la final del campeonato
de liga de Alemania, así que un rápido vistazo y nos
fuimos hasta Postdamer Platz, una zona que en los tiempos no tan
lejanos de la división en dos de la ciudad era territorio
abandonado y una especie de zona de nadie y en la que hoy se han
levantado espectaculares rascacielos y edificios de vanguardia arquitectónica
de miles de millones de euros. Nuestra primera comida, en una terraza
de un restaurante italiano de la zona, por la que pagamos 7,50 euros
(pizzas y ensaladas regadas con abundante cerveza) nos recordó
nuevamente, como en nuestro anterior viaje a Alemania, que los precios
de las comidas en este país son mucho más baratos
que en España y que por ello tenemos la sensación
de que alguien nos debe estar timando con los precios de la restauración,
porque si en Alemania, con mayores salarios y camareros nativos
que hacen jornadas razonables de trabajo, se pueden permitir unos
precios más bajos que los de la de aquí, que tiene
camareros inmigrantes por los bajos salarios y largas jornadas y
que cobra precios más elevados por las comidas. Alguien debería
dar alguna explicación sensata, si la hay.
Después de comer vemos los primeros restos del infame muro
de Berlín en la Postdamer Platz y luego nos vamos a refugiar
de una repentina y espectacular tormenta de lluvia primero y granizo
de grandes dimensiones después, bajo los toldos de una terraza.
La intensidad de la lluvia, que por fortuna duró apenas unos
minutos, era tal que nos hizo visualizar literalmente la conocida
expresión de "cuando llueva pa'rriba", pues las
gotas saltaban del suelo como si de veras lloviera para arriba.
Postdamer Platz.
Tomamos el metro del eficiente y económico transporte berlinés
(habíamos sacado un pasa de un día para grupo de hasta
cinco personas por 15,40 euros que nos permitía tomar sin
limitaciones metros, autobuses, trenes suburbanos y los tranvías,
éstos últimos circulan sólo por el este, con
lo que por poco más de tres eurillos íbamos y veníamos
raudos y veloces a nuestro aire) para volver al hotel a descansar
un rato, recuérdese que estábamos "de doblete"
( o sea, sin dormir la noche anterior) y algunos todavía
tuvimos ánimos para irnos a dar un paseo de noche por el
cercano y famoso barrio alternativo de Kreuzberg, donde cenamos
en la terraza de un agradable restaurante, turco, como la mayoría
de los de la zona, abundante y ricamente por unos moderados 12 euros
por cabeza (de nuevo volvemos a pensar en la hostelería patria)
y algunos se toman después unos cafés en esta zona
tradicional de marcha nocturna antes de volver al hotel a dormir
a pierna suelta.
"Ampelman" (el dibujitio del caballero con sombrero de
los semáforos de la parte oriental)
El sábado por la mañana desayunamos abundante y sabrosamente
en el bufé del hotel, modesto, de dos estrellas, pero limpio,
céntrico, tranquilo, a pesar de ser también albergue
de juventud, bien comunicado y con todos los pequeños servicios
que puede necesitar el viajero (desde venta de bebidas a cualquier
hora del día o la noche hasta un cepillo de dientes o una
tarjeta de memoria para la cámara fotográfica) y por
el que pagamos unos 35 euros por cabeza y noche con desayuno y ducha
en la habitación, lo que para los precios de los hoteles
de Berlín resulta muy económico y dadas las prestaciones
de excelente relación calidad precio.
A las 9 empezamos las visitas del día. El palacio de Charlottenburg
y sus deliciosos jardines fueron nuestra primera etapa. Después
comimos, y nos refugiamos de un nuevo chaparrón, convenientemente
venido a la hora precisa para no molestar nuestros paseos, en otra
terraza muy agradable en medio del bulevar que hay frente al palacio
y que tenía hasta un cantante con su sintetizador que se
alegró de tener un público hispano más animado
que la concurrencia alemana, y que no paró de tocar todo
su repertorio latino. Todo para que fuera la clásica trampa
atrapaturistas, pero resultó que nos tomamos, entre otras
cosas, las famosas y enormes salchichas Currywurst, especialidad
berlinesa, con patatas fritas y salsa, ensaladas y las consabidas
cervezas, y hasta unos postres y cafés. El lujo nos salió
por 15,00 euros (nuevo recuerdo para la hostelería hispana).
El grupo en el palacio de Charlottenburg.
Tras la comida, aunque habíamos pensado en ir a ver el
desfile del Carnaval de las Culturas, una fiesta que celebra la
presencia en la ciudad de más de 450.000 inmigrnates de más
de 170 países, y debido a la lluvia caída a la hora
precisamente de su inicio, decidimos ir a la isla de los museos
a ver el primero de ellos: el Museo de Pérgamo, que alberga,
entre otros tesoros, el altar de Pérgamo, del que toma obviamente
el nombre el museo, y la puerta de Isthar, de Babilionia. Extaordinario,
y además dejan, como en todos los museos estatales, sacar
fotos, sin flash ni trípode. También nos hace recordar
el saqueo que las potencias de cada momento hicieron sobre pueblos
como el turco, el persa o el egipcio y de los que los museos franceses,
británicos o estos alemanes se nutren hoy.
Altar de Pérgamo
A las 18.00 horas en punto se cierran los museos y nos vamos hasta
la cercana Alexanderplatz, que viene a ser centro actual de la ciudad,
en la que se encuentra el ayuntamiento rojo, llamado así
no por su orientación política, sino, como la plaza
roja de Moscú, por el color de los ladrillos con los que
se edificó. Vemos también el "pirulí"
local, la torre de la televisión, orgullo de la ingeniería
de la extinta RDA y varias bonitas iglesias, entre las que se encuentra
la Mariankirche, que es la más antigua de la ciudad y a cuya
vera han ido abriéndose unos cuantos restaurantes y cervecerías
en una muy agradable zona peatonal en uno de los cuales aprovechamos
para cenar. Se trata de una cervecería moderna, de 1992,
pero con aire antiguo, que elabora sus propias cervezas (siempre
servidas, al gusto local, no muy frías) y en la que aprovechamos
para degustar otra de las especialidades berlinesas: los espárragos,
que son de un considerable tamaño y se preparan cocidos y
aderezados con diversas salsas, preferentemente holandesa, y se
acompañan de patatas, ensalada y/o carnes diversas, como
el tradicional Schintzel, o filete empanado de cerdo. Otros manjares
que probamos fueron las truchas al vapor o las costillas. En esta
ocasión 15,00 euros fueron el precio que pagamos por ponernos
las botas (y otro recuerdito para los hosteleros de casa). Tras
la cena un pequeño paseo hasta el S-bahn (el ferrocarril
suburbano) y vuelta al hotel a dormir de nuevo a pierna suelta tras
un día de mucho trajín.
Puerta de Isthar
El lunes, que resultó ser fiesta en Berlín, lunes
de Pentecostés, amaneción gris pero sin lluvia y con
temperaturas algo menos bochornosas que los días pasados,
así que unos fuimos a ver Gendarmenmartkt, la que pasa por
ser la plaza más bonita de la ciudad, con las gemelas y simétricas
catedrales francesa y alemana y en medio el palacio de la música
y de allí hasta el famoso antiguo paso entre los dos Berlines:
el Checkpoint Charlie que hoy es una meca del turismo y un buen
negocio para los avispados que se han instalado en la zona a vender
los restos del naufragio, pedacitos del muro adheridos a postales,
o disfrazados de soldados aliados o soviéticos estampar sellos
de caucho en salvoconductos fingidos. Al lado una serie de paneles
en alemán e inglés explican la historia y documentan
el drama de los años de la división (1961 a 1989).
Los escasos restos que quedan del muro hoy están en muchos
casos protegidos por vallas para que no se derriben, son un buen
negocio, no hay duda.
Checkpoint Charlie
No muy lejos de allí se encuentra la exposición
denominada "Topografía de los terrores", que documenta
al aire libre en lo que fue cuartel general de GESTAPO los horrores
anteriores del nazismo.
Topografía de los terrores
No es de extrañar que con semejante panorama la contestación
tanto al comunismo como al capitalismo se haya asentado de manera
importante en la ciudad y tenga un fuerte componente libertario
que se refleja principalmente en el movimiento ocupa ampliamente
extendido tanto por el oeste, desde bastante antes de la caída
del muro, como del este tras la desaparición de aquel.
Casa ocupada.La inscripción de fondo blanco dice: "Está
saliendo del sector capitalista", al modo de lo que ponían
en Checkpoint Charlie.
Volvemos a pasar por la Postdamer Platz a coger el tren que nos
llevará hasta la Sinagoga Nueva. Allí, tras pasar
rigurosos controles de seguridad y ser severamente advertido de
la estricta prohibición de hacer fotos, sacamos una entrada
para visitar la cúpula, que resulta ser una decepción
total y un mero truco para sacar unos cuartos, ya que no hay literalmente
nada en ella, si exceptuamos al vigilante con su mesa y su silla,
y además hay que subir un buen trecho de escaleras empinadas
para encontrarse con la nada y las escasas vistas de la ciudad a
las que se tiene acceso. De la sinagoga propiamente dicha no queda
nada, pues sólo se ha reconstruido lo que llaman la "exposición",
y que afortunadamente no visitamos, previo pago de la correspondiente
entrada, ya que desde fuera vemos que consiste en una pequeña
sala con objetos de culto judío expuestos.
Sinagoga nueva.
Una cervecita en uno de los muchos patios de vecindad que se abren
por toda la ciudad y la posterior comida en un agradable restaurante
en el que nos atiende una chica francesa que chapurrea algo de español
también y que no deja de servirnos cestas de delicioso pan
de baguette para acompañar una comida de lo que por aquí
llamarían cocina de autor, como ejemplo: rissotto con filetes
de lucioperca y ajos enteros con hojas de tomillo. Y como excepción,
dados los buenos precios que aquí tenían los vinos,
nos tomamos un par de botellas de un agradable blanco alemán,
además de las infaltables cervezas. Y todo ello por 11,20
por cabeza (ya sebes lo que vendría aquí).
Alexanderplatz.
Después de comer volvemos andando hasta la isla de los
museos para visitar especialmente el de antigüedades en el
que se encuentra la que llaman la berlinesa más bella: el
busto de Nefertiti que no ha sido restaurado jamás y que
ciertamente es de una extraordinaria belleza, a pesar de la falta
de un ojo por estar inconcluso al parecer. Todos los museos estatales,
unos 50, se pueden visitar con un pase para tres días por
15 euros, pase que aunque para dos días habíamos comparado
el día anterior pues la visita individual de cualquiera de
ellos sale por 8 euros. Tras una pausada visita del museo algunos
se fueron a ver pasar el mundo ante sus ojos a una terracita próxima
y otros nos hicimos un recorrido maratoniano por los demás
museos de la isla deteniéndonos exclusivamente en las piezas
que más llamaban nuestra atención. Una inacabable
sucesión de cuadros, esculturas, muebles y objetos diversos
de todas las épocas y procedencias, según el museo
de que se tratase, fueron desfilando antes nuestros ojos. La sola
visita de estos museos justifica sobradamente el viaje, aunque lo
suyo sería hacerlo de una manera más pausada para
poder disfrutar como se merecen estas colecciones y hasta los propios
edificios, que están, por cierto, siendo objeto de un proceso
de reconversión que durará todavía unos años
y que pretende hacer un paseo interior que los una física
y temáticamente. Quizás cuando se complete la obra
tengamos una buena exclusa, por si hiciera falta, para volver a
Berlín.
Busto de Nefertiti.
Acabamos la tarde con un agradable paseo por la avenida bulevard
Unter den Linden (Bajo los tilos) que conduce hasta la puerta de
Brandemburgo y alberga a ambos lados un buen montón de edificios
prusianos de gran interés. Al final de nuestro paseo volvemos
a ver la puerta de Brandemburgo, esta vez sin el agobio futbolero
y disfrutamos de un agradable atardecer contemplándola.
Puerta de Brandemburgo
Otros viajeros se acercaron por la mañana hasta la vecina
Postdam a ver sus notables palacios y recorrieron otros puntos de
interés de la ciudad, ya que hay una buena cantidad de ellos.
El muro. La galería del lado este.
El día se acaba y con él nuestro viaje, así
que, después de visitar la llamada Galería del lado
este en la que está el tramo más largo del muro que
se conserva gracias a los murales que artistas anónimo pintaron
en él, hacemos una cena de despedida en el barrio que sentimos
casi como nuestro por estos días: Kreuzberg. Tras recorrer
más ampliamente que en días pasados su principal arteria,
Oranienstrasse, dimos al fin con un acogedor restaurante en el que
servían platos berlineses y que sirvió para cambiar
las últimas impresiones de este breve pero intenso viaje
aprovechado al máximo.
Espárragos y escalope de cerdo con patatas para cenar.
Al día siguiente ya estaban, media hora antes de la hora
indicada, a la puerta del hotel los dos minibases que nos llevarían
de vuelta al aeropuerto y una vez allí embarcamos rumbo a
casa y conseguimos enlazar incluso con el vuelo de Madrid a Asturias
para el que teníamos poco más de una hora de margen
quienes nos arriesgamos a ello. Otros compañeros volvieron,
igualmente sin contratiempos en un avión posterior o en autocar.