Viajar en Semana Santa siempre es complicado
si se quiere huir de las aglomeraciones, no pasarse los días
en la carretera y poder disfrutar de sitios interesantes pero con
poca gente y además no gastarse un dineral. ¿Es eso
posible?. Pues sí, al menos para nosotros. ¿Dónde?
En Portugal, en el nordeste, en los distritos de Bragança
y Guarda, en el Portugal que, todavía, no está invadido
por las hordas.
Así que salimos de Oviedo el jueves 4 de
abril de 2007 bien tempranito, a las 08.23 exactamente, con tres
minutos de antelación sobre el horario previsto gracias a
la puntualidad de todos los viajeros, estábamos saliendo
en nuestros coches camino de Vila Nova De Foz Côa, que sería
nuestro primer destino.
Una parada para recoger a otra viajera de León
en La Virgen del Camino y de paso aprovechar para hacer una paradita
y tomarnos unos cafetitos y en marcha de nuevo hasta Lobeznos, un
pueblecito que hay nada más dejar Puebla de Sanabria camino
de Portugal en el que se nos uniría otra viajera que venía
de Orense.
Paramos para comernos unos bocadillos que llevábamos
de casa para aligerar el viaje en un pequeño mirador-parada
junto al embalse de Salgueiro, ya en territorio portugués
y luego unos cafés a 0,50 céntimos, más baratos
que los famosos cafés del Presidente del Gobierno español
que toma a 0,70 céntimos en la cafetería del Congreso
de los Diputados. Con algunos despistes, sobre todo de algunos que
fueron hasta El Bierzo primero, llegamos sin más novedades
a nuestro destino sobre las 15.30 (hora española, porque
en Portugal hay una hora menos).
Embalse de Salgueiro
El río Duero sale a nuestro encuentro por
primera vez y aprovechamos para hacer una parada y sacar unas fotos.
Primera vista del Duero
Tas acomodarnos en nuestro limpio y cómodo
alojamiento (como de costumbre los detalles prácticos los
encontrarás en la sección exclusiva para socios) algunos
decidieron echar una siestecita y otros nos fuimos a dar un paseo
por la localidad, un pequeño pueblo de poco más de
3.000 habitantes cuyo interés fundamental reside en ser uno
de los centros de partida para visitar los garbados rupestres de
la zona, declarados Patrimonio de la Humanidad y grandes desconocidos.
El paseo por el pueblo nos lleva a la bonita iglesia matriz y hasta
a un pintoresco cementerio en el que nuestros vecinos dan rienda
suelta a sus habilidades literarias en las lápidas con epitafios
que tratan de reflejar su pena por la muerte de sus seres queridos.
Una de esas cosas que indican el grado de civismo
de un pueblo es la visita a los servicios públicos, cuando
los hay, claro. Los de Vila Nova deberían estar en el libro
Guiness de los records, pues además de gratis, estaban limpísimos,
y sin vigilancia alguna, y sin rastro del mal olor tan desgraciadamente
característico de esta clase de lugares. Todo el pueblo presentaba
también un aseo público digno de encomio.
Vila Nova De Foz Côa. Ayuntamiento y picota.
Una paradita para tomarnos unas jarritas de vino
local (5,00 euros dos litros de un vinillo común pero agradablemente
bebible) y se nos hace la hora de cenar. En el restaurante de nuestro
hotel inauguramos nuestras "jornadas gastronómicas"
particulares como siempre que viajamos por este magnífico
territorio portugués dando cuenta de un menú que habíamos
convenido previamente y que estuvo excelente al decir de todos los
comensales y regado con un buen vino local. Y además con
la abundancia que caracteriza las raciones de los restaurantes del
país.
Los más marchosos todavía tuvimos
tiempo para buscar un bar de copas con bastante marchilla y compartir
otro rato de charla antes de irnos a la cama a descansar en medio
de una calma total.
El domingo, tras desayunar en nuestro hotel correctamente,
nos fuimos a la cercana sede local del Parque Arqueológico
del Valle del Coa, donde los quince viajeros que formábamos
el grupo nos dividimos en dos grupos para ir en un vehículo
todo terreno con una guía a realizar la visita, que habíamos
concertado previamente con antelación, de los grabados, en
su mayoría del Paleolítico, de la Canada do Inferno,
una de las tres zonas habilitadas para las visitas dentro de la
extensa zona por la que se extienden los grabados.
Valle del Coa
El valle en sí mismo, aunque no hubiera grabado
alguno, se merecería una visita por sí mismo, pues
tiene algo de mágico, con un río, el Coa, que discurre
apacible entre dos laderas de montañas cubiertas de vegetación
de un verde "Photoshop", y norteños como éramos
todos los viajeros estamos más que acostumbrados a ver los
verdes de nuestras tierras y raramente nos llama la atención
eso en otros lugares.
Grabados en la roca
Los grabados, con la amable ayuda de nuestras guías,
pues algunos son difíciles de ver para un ojo no acostumbrado
fueron apareciendo ante nuestros ojos: caballos, uros, cabras montesas
y otros de dudosa interpretación.
La guía explicando unos grabados.
Tras la visita y una breve pausa para tomar unos
refrescos, que el buen tiempo reinante nos invitó a tomar
en una terracita, partimos camino de nuestra siguiente etapa: Freixo
de Espada à Cinta, a poca distancia pero por una carretera
con bastantes curvas aunque, como todo nuestro recorrido, con poquísimo
tráfico y en bastante buen estado de firme.
El grupo ante la iglesia matriz de Vila Nova.
Llegamos a Freixo poco antes de las 13.30 y en nuestro
hotel sus amabilísimos dueños tratan de conseguirnos
mesa para comer en alguno de los buenos restaurantes de la localidad.
Tarea imposible a esa hora, pues ya estaba todo reservado, lleno
de españoles, nos dicen, curioso nos parece pues no se ven
coches españoles y además el acceso por carretera
desde España, a pesar de estar al otro lado del río,
obliga a un gran desvío. Misterio. A pesar de todo nos consiguen
mesa para la muy tardía hora, para Portugal de las 15.30
en una modesta "churrascaria" pero en la que comemos un
delicioso y abundantísmo pollo a la parrilla con patas y
ensalada y unas raciones de tarta casera con el vino de la cooperativa
local que habíamos tenido ocasión de catar en otro
local mientras esperábamos por nuestras mesas. Y todo por
6 euritos de nada por cabeza.
Por la tarde, tras haber intentado en vano conseguir
reservar telefónicamente plaza en un barco que hacer un recorrido
por el Duero desde el puerto local, nos vamos al embarcadero con
la suerte de llegar justo antes de que saliera el último
barco del día y además hubiera plazas para todos.
Navegando por el Duero.
El paseo del barco, además de ser agradabilísimo,
el tiempo seguía siendo soleado, nos resuelve el misterio
de la abundancia de españoles sin coche: sirve como transporte
de los que van por la mañana, parece que con el casi exclusivo
propósito de comer, y vuelven luego a casa en el mismo barco.
Los únicos que volvimos a Portugal, y casi quedamos en España,
pues como todos los numerosos viajeros se bajaron en la parada que
hizo en territorio español pensamos que era que había
fondeado en otro muelle e hicimos lo propio hasta que salimos del
error. Está visto que no se puede seguir a las multitudes.
Por cinco euritos de nada nos hicimos un bonito crucero fluvial
de unos 90 minutos.
A la vuelta nos dimos un paseo por este hermoso
pequeño pueblo que cuenta con la peculiaridad de tener la
mayor cantidad de ventanas manuelinas de todo Portugal. Curiosísimo.
Torre de Freixo de Espada à Cinta al atardecer.
Para cenar ya habíamos reservado, esta vez
sí con antelación, aunque ya no había problema
alguno de "sobrepoblación" mesa en uno de los mejores
restaurantes locales y tras reunirnos con Fernando, uno de nuestros
socios portugueses que compartió desde esa tarde parte del
viaje con nosotros, dimos cuenta de un delicioso bacalao a Bras,
que no es a la brasa, sino desmigado y mezclado con patata, huevo
y cebolla, bien regado por vinito local y hasta por uno oporto de
elaboración casera del propio restaurante, junto con ¡cómo
no! los correspondientes postres.
Panorámica de Freixo de Espada à Cinta al atardecer
desde la torre.
Tras la cena los más se fueron a la cama
aunque alguno intentó, más bien en vano, tentar suerte
con la vida nocturna.
Capullos de seda e instrumento de hilatura de la seda.
El sábado por la mañana visitamos
esta bonita población a la luz del día con sus iglesias,
torre y museo de artesanía en el que una tradicional casa
portuguesa alberga una interesante exposición que incluye
todo el proceso de la artesanía de la seda, tradición
aún viva en la localidad.
María José, Fernando y Esther paseando por Freixo
Acabado el paseo cultural nos fuimos a Sendim, población
en la que se celebraba una "Feira de saberes e sabores"
que no podía quedar sin nuestra visita. Aprovechamos para
hacer buena provisión de productos de la tierra: quesos,
dulces, aceite y algunas otras cosas.
Feria en Sendim
Gracias a Fernando, que conocía el lugar,
pudimos comer la famosa "posta a mirandesa", una deliciosa
carne de ternera con denominación protegida que es el plato
mirandés por excelencia, en uno de los mejores restaurantes
de la región que se encuentra en esta localidad de Sendim,
cosa que la enorme afluencia de clientela, sobre todo portuguesa,
pero también algunos españoles de tierras próximas
que conocían el secreto, demostraba bien a las claras.
Tras la comida llegamos a Mirando do Douro, que
era la última localidad de nuestro recorrido portugués,
en menos de media hora y nos instalamos en el más económico
de los hoteles de nuestro recorrido, pero curiosamente el mejor
como tanto el emplazamiento, como la atención, la inmaculada
limpieza y sobre todo el maravilloso desayuno con pasteles dulces
y saldos hechos por la mano experta de su propietaria, una encantadora
señora que estuvo más de veinte años cocinando
en París.
Panorama de Miranda del Duero desde nuestro hotel.Catedral al fondo
y ruinas del castilo a la derecha, entre ambos la ciudad antigua.
En Miranda nos dimos cuenta de repente de que estábamos
en medio de una "multitud", acostumbrados como ya lo estábamos,
a lo bueno se acostumbra uno pronto y fácilmente, a la tranquilidad
de calles sin más gente que la justa. Los compradores que
venían de la vecinísima España y aprovechaban
para comer, o viceversa, que bien mezcladas deben estar ambas razones
para visitar el lugar. Nos tranquilizábamos pensando, como
así fue, que después de las siete u ocho, con el cierre
de las tiendas, no quedaría un alma.
"Gentío" comprando.
Unas pocas gotas de agua fueron toda la lluvia de
nuestro viaje, y no impidieron que primero paseáramos por
la localidad viendo los restos del castillo, la catedral y otros
puntos de interés de su casco antiguo. Y también,
ya que estábamos, hubo tiempo para comprar algunos ejemplos
de los famosos "atoalhados" portugueses de tan justa famosa
como buen precio, a pesar de que ya no son la bicoca de otros tiempos,
pero que la relación precio/calidad justifica sobradamente
si se pasa por allí, otra cosa es desplazarse adrede para
hacer compras.
Para la cena nos encontramos con la desaparición
de las cartas de los platos de bacalao y arroz de marisco que habían
sido pasto de la gula de los compradores matutinos, así que
hubimos de contentarnos, cosa que por otra parte nos vino de perlas
para compensar el exceso de comida que ya llevábamos, con
unas ensaladas, calamares, postres y los ricos vinos portugueses
de costumbre.
La noche cogió cansada a la mayoría
aunque quienes se atrevieron a explorarla pudieron encontrarse con
la señorita portera de discoteca que ilustra la fotografía
de nuestra compañera Mariló y que se ve a continuación.
Portera de la discoteca.
La mañana del domingo la empleamos en hacer un pequeño
crucero por el Duero en un barco especialmente habilitado para paseos
ecológicos guiados por él. Podemos avistar, aunque
de lejos, diversas aves, con un águila real incluida. Tras
el paseo, de una hora de duración aproximadamente, hay una
exhibición, en el mismo embarcadero de vuelo de un búho
amaestrado y una degustación de vinos de Oporto, todo ello
incluido en el precio de 14,00 euros del paseo en barco.
Crucero por el Duero.
Y tras la última sesión de nuestras
jornadas gastronómicas particulares, con arroz de marisco
y bacalao a la portuguesa como platos fuertes del menú, volvimos
cada mochuelo a su olivo sin especial complicación.
Clausura gastronómica.
Y por último dejamos a continuación
un vídeo con algunas escenas de nuestro viaje: